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Un hombre que veía más allá


 

La liberación de la amenaza de una guerra nuclear, que cual espada de Damocles pendía sobre todos nosotros (hasta hace poco tiempo parecía que la guerra fuera inevitable y en ocasiones incluso inminente), y del clima de tensión provocado por el choque Este-Oeste, no sólo ha llevado al cambio del clima político del mundo, sino que ha abierto también –eso esperamos‒ la vía hacia un nuevo desarrollo ético de la humanidad. 

En el momento en que se superan los «dogmas» y los estereotipos de los años –o mejor, de los decenios‒ pasados, en todas partes deberían salir a la luz nuevos valores, nuevos niveles de cultura, que el velo de las ideologías y de las «verdades» políticas de la incomunicabilidad recíproca parecía haber tenido escondidos hasta ahora. 

Las ideas del profesor Giorgio La Pira, pensador profundo y también hombre de acción política y social, nos eran conocidas antes también. Siempre hemos sabido de sus iniciativas como hombre de paz, incansable adversario de la guerra. Siempre lo hemos conocido como hombre que, mucho antes que otros, y de muchos más en Occidente, promovió –aun antes del choque Este-Oeste‒ la afirmación de nuevos parámetros de la condición humana y el nacimiento de nuevas formas de desarrollo de la sociedad. Fue él quien tomó conciencia e hizo que los demás fueran conscientes de la necesidad histórica de no considerar al adversario como un enemigo a destruir, sino de encaminar a la humanidad hacia relaciones «a medida del hombre», llamando a recorrer el mismo camino a los pueblos de la ex Unión Soviética, de Italia y de los demás países occidentales.

Sus viajes a Moscú o su correspondencia con Nikita Kruschev son el testimonio de que este hombre no tenía solamente un ideal, sino una convicción: la guerra y la hostilidad tienen que cesar; los pueblos tienen que encontrarse y unirse para construir el nuevo futuro. 

Partió de la convicción de que –sin duda‒ «la guerra nuclear total es –so pena de la destrucción del planeta‒ imposible: la paz (y con ella la unidad) entre los pueblos de toda la tierra es, a pesar de todo, inevitable». Giorgio La Pira fue incluso más allá, llegando a la conclusión de que la esperanza es que la guerra no se puede hacer objetivamente; esta es la estación de la convergencia de los pueblos.

No puedo no estar de acuerdo con estos altos criterios en los que La Pira se basaba para medir la política, subrayando también su intrínseca vinculación con la cultura y con la ética. La relación entre política, cultura y ética y los problemas que esa relación suscita plantean a todo hombre político cuestiones cuya complejidad no es posible eludir.

Elegir hacer política a la luz de la cultura y de la moral es, por regla general, muy difícil; y es una elección que no siempre es entendida incluso por quien está al lado de uno. Pero es algo obligado. Y sobre este punto estoy plenamente de acuerdo con La Pira.

De los escritos de Giorgio La Pira emerge uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo: ¿qué objetivo hay que poner a la política internacional? La respuesta que nos dan las páginas escritas por La Pira es, en mi opinión, la única respuesta verdadera. Antes que nada, como escribe La Pira, no hay que rechazar ex abrupto posiciones, puntos de vista, culturas diferentes de las propias; sino que –dice La Pira‒ hay que «integrarse, más bien, con las demás culturas, reconocer algo de uno mismo en las demás culturas». Sólo teniendo en cuenta los intereses recíprocos y con espíritu de tolerancia, la política «digna de ese nombre es aquella que tiende a buscar en las demás políticas lo que puede unir, no lo que puede separar».

¿Cuáles son las herramientas de esta política? La respuesta de La Pira es: «la elección definitiva de la paz (y por lo tanto de la justicia y la unidad) que presupone como únicas herramientas adecuadas el diálogo, las negociaciones y el acuerdo».

Por último, hay otro aspecto de La Pira que merece ser resaltado: Giorgio La Pira era un hombre de profunda fe. Su última carta al papa Pablo VI, así como todos sus escritos y sus actividades, lo confirman sin lugar a dudas. Su fe y su fidelidad al cristianismo merecen profundo respeto.

Aunque La Pira distinguía siempre la política de la religión, y sabía discernir las características peculiares y los objetivos de cada una de ellas, era la fe la que lo llevaba a tomar posiciones de alta moralidad aun en la esfera política, y esto es muy importante. No sólo él mismo se atenía coherentemente a esta concepción de la vida, sino que, además de a los cristianos, se dirigía también a los creyentes de las demás religiones para buscar en su propia espiritualidad valores comunes como la paz, la solidaridad y la fraternidad entre los hombres y entre los pueblos. Esto se ve especialmente acentuado en sus textos dedicados al Mediterráneo y a la búsqueda de la paz en esta región del mundo que se caracteriza por la presencia entrelazada de tres religiones monoteístas y de diversas manifestaciones políticas. 

Desafortunadamente, todavía hay ejemplos que van en sentido opuesto respecto a lo que afirmaba entonces La Pira. Se verifican casos en los que algunos exponentes religiosos –en contradicción con los preceptos de su fe‒ contribuyen a la desunión en vez de a la unión y al reacercamiento entre los hombres; también se verifican casos en los que se abusa de la religión para perseguir objetivos políticos que se contradicen con los ideales de hermandad entre los hombres y los pueblos. Quisiera esperar que el testimonio de La Pira y el mensaje transmitido a los creyentes a través de las páginas de este libro se difunda cada vez más y tenga una resonancia cada vez más amplia. 

En otros tiempos La Pira y su acción suscitaban las más variopintas reacciones: desde la sorpresa admirada de unos hasta el odio de otros. Es el destino casi inevitable de los hombres que ven más allá que los demás, que piensan más profundamente que los demás, que actúan de manera inusual, de modo que sorprenden a sus interlocutores. Es importante que hoy La Pira tenga muchos más amigos de los que tenía en su vida terrenal. Y es de entender: es el veredicto de la historia que ha confirmado la bondad y la pertinencia de sus elecciones de fondo.

La negación y la destrucción de los valores universales «que han germinado a lo largo de los milenios … llevan inevitablemente a la injusticia, a las persecuciones, a la opresión», eso es lo que dice La Pira, y no puedo no estar de acuerdo con él. Y precisamente en la afirmación de estos valores y en su unión orgánica con la política reside el futuro de la Humanidad. Ahí reside también la sustancia de la nueva civilización hacia la que nos ha llevado la historia. Ahí reside también el fundamento del progreso que nos conduce hacia el Tercer Milenio. 


Mijaíl S. Gorbachov