Su muerte


 

Giorgio La Pira muere el 5 de noviembre de 1977, un «sábado sin vísperas» del que él mismo había hablado. El día después, su salma se expone en San Marco: los florentinos afluyen masivamente para despedirse del «alcalde santo», mientras acuden desde todas partes del mundo entero personalidades de la política y la cultura, representantes de todas las naciones y religiones. El 7 de noviembre se celebran los funerales. En la catedral, el cardenal Benelli afirma: «de La Pira se puede entender todo con la fe, nada se puede entender de él sin la fe».

 

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Un día más tarde los periódicos italianos, que a menudo habían sido muy críticos con La Pira, reconocen unánimemente el valor de su obra: «Un profeta que hay que revalorizar» (Corriere della Sera), «Un profeta de la política» (La Stampa), «El profesor que quiso ser mediador de paz» (La Repubblica), «El profeta de la paz planetaria» (Il Tempo). Sus amigos reflexionan sobre su legado. «Si hubiera que subrayar el peso de su trayectoria –escribe Carlo Bo‒ habría que decir que La Pira pasó como un meteorito por el cielo de la política, que era indigna de él, pero por otro lado fue el símbolo de una razón diferente y más alta: un santo también puede hacer política con la condición de que su vocación política sea tan sólo el reflejo y el eco de su más antigua y verdadera elección religiosa». Y Pablo VI, en la audiencia general del miércoles, expresa su pesar por la muerte del «generoso y fiel siervo del Señor Giorgio La Pira».

Está sepultado en la iglesia de San Marco en Florencia.