A Pio XII - No puedo seguir en silencio


 

Navidad de 1953


Santísimo Padre:

A un hijo –en especial si es «acusado»‒ siempre se le concede una audiencia particular en el corazón del padre.

Ayer escuché su mensaje navideño, lo hago cada año desde que usted se sienta en la cátedra de Pedro. En un momento dado me dije: ¡aquí habla de mí! Como es de entender, mi corazón no pudo dejar de sentirse herido, pero las heridas infligidas por la mano del padre siempre tienen un «sabor» de caridad y un fondo de dulzura y de sana amargura a la vez, a pesar de todo.

Gracias, Santísimo Padre, por esta llamada paterna a las responsabilidades de cada uno y de todos. No obstante, ha de permitirme que le diga –por la delicada caridad que alberga en su corazón de padre y de pastor‒ algunas cosas que sirven para darle a los hechos a los que alude sus verdaderas dimensiones y su naturaleza y entidad reales. 

Santísimo Padre, ¡cuántas injurias me ha echado encima la prensa «independiente» de Italia! Tempo, Giornale d'Italia, Corriere della Sera, Popolo di Roma, Resto del Carlino, Candido, Oggi y demás. Usted sabe, Santísimo Padre, cuáles son los tan poderosos organismos económicos –financieros e industriales‒ que mueven las palancas «ideales» de dicha prensa.

Así pues, injurias, injurias de todo tipo: han agotado los tipos de injuria que conoce la lengua italiana. 

Pero, ¿por qué? ¿Qué he hecho? Un acusado, un injuriado, tiene todo el derecho de presentar, por lo menos, sus propias razones. Audiatur et altera pars: es un derecho sagrado de los imputados, un canon esencial de todo el proceso civil y penal.  

En mi caso no, que le injurien, no hay excusa que valga. Pero, ¿qué he hecho?

Santísimo Padre, cuando pienso en lo que ha sucedido en Italia en estos últimos dos meses me quedo anonadado. Me digo: ¿es un sueño o es la realidad?

Cuántas injusticias han visto mis ojos en estos dos meses; cuánta mentira. Y me he acordado de un tremendo dicho del Espíritu Santo: pecuniae obaediunt omnia (Ecl 10:19). A lo largo de mi vida he tenido una experiencia análoga, de alguna manera: una experiencia que tuvo lugar durante el régimen fascista, cuando tuve la «audacia» de decir públicamente, con escritos y discursos, que «el edicto» contra los hebreos era injusto. Tuve el valor de llamar al mal por su nombre y entonces toda la prensa italiana «independiente» se volvió en mi contra y en contra de los católicos florentinos: quedó suprimida nuestra revista Principi y cuando cayó Florencia me vi obligado a ponerme en fuga.

¿Qué había hecho? Nada: ¡amavi justitiam, odivi iniquitatem! ¿Y ahora? Estamos en una situación análoga: ya no está el régimen fascista, hay un régimen de «libertad»; pero, Santísimo Padre, ¿qué iniquidad se esconde, está velada, bajo este nombre tan cargado de compromiso y tan sagrado?

¿Libertad aun de hacer que se pase hambre sin razón, Santísimo Padre? ¿De oprimir sin motivo? ¿De violar la justicia, le ley? Este es el problema. 

Usted lo sabe, Santísimo Padre, yo se lo escribí en cuatro de mis cartas: el caso de la fábrica Pignone era un caso límite, un caso único, un caso que incluía, en mi opinión –y no sólo mía sino también de la magistratura, ahora‒ violaciones graves del derecho positivo, del derecho natural, de las más elementales normas de la moral, de la vida política y social. 

Me había interesado mucho por la Pignone: había conseguido procurar 8120 millones de pedidos (adjunto documento); había captado el interés de ministros, personalidades políticas, operadores económicos extranjeros e italianos (adjunto documentos); había captado su interés, el del Padre de todos; había telegrafiado, rezado, implorado; me había encomendado a todo el mundo; había escrito dos cartas a Marinotti (adjunto documentos). Todo fue en vano.

La empresa, que tenía una gran cantidad de pedidos de trabajo, fue liquidada y todo el personal fue despedido. Es más, Santísimo Padre, ni siquiera fue despedido según lo prescrito por el acuerdo interconfederal: ni siquiera fue observada la ley.

Los tutores y los defensores de la ley, ¡los que me dicen a mí que he violado la ley! ¿Yo? ¡Son ellos los que para cometer más rápidamente un acto de sustancial injusticia no se han tomado la molestia de seguir la tramitación formal que la ley les imponía!

Usted lo ve, Santísimo Padre: la magistratura florentina ha tenido que reconocer que no hay delito; ha tenido que archivar la denuncia porque la permanencia de los trabajadores en la fábrica, que había sido abandonada por sus directivos, no era más que la continuación de la relación laboral que todavía no se había extinguido al estar afectados los despidos por vicio de nulidad. Los trabajadores continuaban con el ejercicio de su relación laboral. Por eso la magistratura, siempre rigurosa, ha expresado también que según su opinión nadie, en el caso que nos ocupa, ha violado la ley: o mejor, ¡que sólo los industriales –vestales de la ley‒ la han violado realmente!

Santísimo Padre, cuántas cosas tendría que decirle.

He hablado, he gritado, porque tenía y tengo una pena enorme en el corazón por toda la ceguera y toda la injusticia de que soy espectador. ¿Qué más puedo hacer? Yo estoy en la trinchera, Santísimo Padre, estoy en primera línea: veo con mis propios ojos, experimento con mis propias manos, con mis sentidos, con mi acción, la realidad que me rodea; veo que el río de malestar provocado por el desempleo y la miseria crece a ojos vistas; veo la fragilidad de las presas; veo el egoísmo creciente; conozco las posibilidades reales de nuestro sistema económico. ¿Puedo seguir en silencio?

Y luego, ¿cómo voy a poder estar al mando de una ciudad en la que se echa abajo –al menos eso se intentó‒ todo el sistema industrial (las tres industrias fundamentales de la ciudad)?

La multitud de despedidos y sus respectivas familias acuden a mí, en Palazzo Vecchio; a mí, alcalde del partido de gobierno; alcalde democristiano, piensan ellos; ¡acuden a mí y me piden trabajo y asistencia!

¿Y yo que podría hacer? ¿Qué les voy a decir? ¿«Coyuntura económica»? Santísimo Padre, ¡cuánta dolorosa mentira subyace bajo estas palabras sofisticadas! ¡«Reajuste»! Yo que conozco las posibilidades de trabajo reales de las empresas, que conozco el entramado de inmoralidad y de vileza que a menudo se esconde tras estas palabras que parecen tan púdicas: ¡sepulcros blanqueados!

Lo que es seguro, Santísimo Padre, es que actuando con indignación ‒¡eso sí!‒ como he actuado, he impedido los siguientes despidos:

a) he impedido 1200 despidos en la fábrica Gallileo que ahora –¡gracias a la bendición de Dios!‒ está en plena recuperación de la productividad. 

b) he frenado otros 1000 despidos en otra empresa que ya los tenía planeados. 

c) y he solucionado favorablemente –parece ser, hoy‒ la crisis de la Pignone haciendo que se reintegrara a una enorme parte de los trabajadores y abriendo amplias perspectivas de empleo para un futuro muy próximo. 

El alcalde de una ciudad es como un padre. Servus fidelis et prudens quem constituit Dominus super familiam suam: no puede dejar de defender el pan de sus hijos.

Y por último, Santísimo Padre, permítame que le diga esto: ¡yo nunca quise ser alcalde, ni antes diputado o ministro! No tengo aspiraciones políticas de ningún tipo: no estoy inscrito en ningún partido.

Cuando quisieron que fuera alcalde yo les dije claramente a todos: acordaros de que yo no puedo ver a gente sin trabajo ni a gente sin casa sin intervenir de manera decidida. Lo dije enseguida. Me prometieron el oro y el moro y luego me abandonaron. Y empezaron con la triste política de los despidos tan tranquilos. 

Yo se lo he repetido a todos ellos: señores, dejen que me marche, acepten mi dimisión (que presenté hace dos meses), yo no puedo asistir impasible a una injusticia tan descarada. Es mejor para todos que me vaya.

Soy profesor ordinario de derecho romano; por gracia del Señor, ¡a mí lo que me gusta es el silencio, la soledad, la oración! Adoro la meditación y el estudio: la escuela me encanta y estar con los jóvenes me pone alegre. Devuélvanme mi verdadera vocación. 

Yo no puedo aceptar, en ningún caso, la iniquidad: no conozco la técnica del «complejo político y diplomático»; he hablado claro con los fascistas; he hablado claro, o mejor, todavía más claro, con los comunistas; también hablo claro con los propietarios que no son conscientes de las graves responsabilidades relacionadas con los talentos que Dios les confía.

No puedo asistir impotente a las injusticias que se cometen bajo la apariencia de la ley. Un hombre que es así, Santísimo Padre, no puede estar en el sistema político actual, mejor que salga de él; que vuelva a su silencio, a su estudio, a su escuela. Para el reino de la gracia el provecho es mayor: non in commotione Dominus. 

Perdone, Santísimo Padre, por esta carta tan larga y desordenada, es un desahogo. Usted lo entenderá: no han faltado sufrimientos, y bien agudos. La herida ‒aunque amorosa‒ que su mano de padre me ha infligido no puede dejar de producir una pena íntima, por pura y delicada que sea.

¡Paciencia! Que la tan dulce Madre del Cielo me asista; que le asista a usted y a toda la Iglesia; que asista a toda la humanidad. Cada domingo en las dos grandes iglesias florentinas (Badia y Santissimi Apostoli) nuestra gran familia de San Procolo reza a la Virgen por usted, ¡siempre!

Deme su bendición, Santísimo Padre. Espero poder decirle pronto que he vuelto a mi vocación inicial y verdadera: el recogimiento, el estudio, la oración y la actuación silenciosa únicamente por amor.

Con afecto filial,

La Pira