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a Pio XII - Argelia y diàlogo con el mundo àrabe(1958)

 

Santísimo Padre:

Perdóneme, ¡pero esta crisis francesa es tan grave y toca ‒desgraciadamente‒ problemas tan relacionados y vitales para la misma Iglesia y para todo el movimiento de la historia actual del mundo! Porque el problema argelino polariza todo el mundo árabe e islámico, ¡y es una «bisagra» entre la política comunista y la dinámica de la historia en su totalidad!

Santísimo Padre, digámoslo con franqueza cristiana: ¡qué mezquina es esta política de Occidente! No tiene gusto, proporciones, ideales; carece de la única luz que sería capaz de darle belleza y fuerza: ¡carece de la luz de Dios!

Usted lo ha dicho: ¡cuando falta esta luz hay una carencia esencial en la estructura y en el movimiento de los pueblos y de las naciones!

Santísimo Padre, ¡hace falta algo más que el petróleo del Sáhara –o de Irak o de Persia‒ para contraponer de manera sana un ideal histórico «de alto potencial» al fervor nacional y religioso que está moviendo con un ritmo cada día más acelerado a los pueblos árabes y a todos los pueblos africanos y asiáticos!

¿Cuál es la estrella luminosa que muestra Occidente (Francia, Inglaterra, América) para crear centros de atracción en condiciones de hacer que converjan hacia sí los pueblos nuevos y las nuevas naciones? ¡Este es el problema! ¿Qué «estrella de Jacob» se muestra en el espacio supuestamente libre del mundo? ¿La estrella de la libertad? Santísimo Padre, está demasiado apagada y demasiado adulterada esta valiosísima estrella que Dios creó para que se moviera en Su órbita, una órbita de justicia y de belleza, una órbita de adoración y de fraternidad.

Este «ideal» de la supuesta libertad económica y política es un ideal que ya no tiene ni atractivo ni belleza ni eficacia: ha sido adulterado, en su misma sustancia, por esa concepción «liberal» del mundo que ha surgido en contraste con la cristiana y que se ha vuelto cada vez más materialista, opresiva, atea. 

¿Y entonces?

¿Qué contrapone el llamado Occidente libre a los pueblos del Islam que se refugian, rezando, alrededor de sus mezquitas; a los pueblos de Asia que toman conciencia de su raíz «metafísica» y contemplativa; al espacio comunista que se ve movido por una falsa mística de justicia social y de fraternidad humana?

Santísimo Padre, la pregunta es dramática porque no tiene respuesta: la OTAN y todas las demás siglas no son una respuesta; son la señal de una evasión perezosa y de una debilidad estructural. La única respuesta eficaz es de naturaleza ideal, mística: es la cristiana. 

Esto significa: soluciones políticas dignas que rompan para siempre las cadenas coloniales; y soluciones económicas mediante una intervención decidida, amplísima y orgánica en todos los países subdesarrollados, como clara afirmación de los valores «teologales» que dan la medida de la civilización. ¡Porque cuanto más se eleva una civilización, cuanto más alto es su nivel, más integral y ordenada es esa escala de valores que tiene a Dios en su cumbre! Sólo cuando estas condiciones son observadas cobran eficacia las otras: ¡sólo entonces se puede reforzar, con conciencia segura, el cinturón de murallas y de torres destinadas a defender Jerusalén!

De forma contraria toda defensa es vana: nisi Dominus custodierit civitatem invanum laboraverunt qui custodierint eam. 

Esto es lo que ha de entender la clase dirigente de las naciones cristianas: que para empezar es preciso que sea cristiana, ¡es preciso confesar que Cristo es la luz de nuestras naciones!

¿Exageración? No: es la exigencia más urgente de nuestro tiempo. ¿Y en la práctica? Pues bien: Francia, si no quiere apagarse como faro de civilización cristiana que es, ante todo debe arreglar políticamente –y no policialmente‒ el asunto argelino. El pueblo argelino quiere la independencia, está en su derecho. No hay petróleo que valga ante un problema que está sacudiendo al mundo entero. 

Este tiempo nuestro es singular: por primera vez presenta, en términos totalmente nuevos, el problema de las relaciones entre cristiandad e Islam, entre cristiandad e Israel, entre cristiandad y todo el mundo de los «gentiles»: y lo presenta en términos incluso políticos de extrema importancia, porque está condicionado por la masiva presencia del mundo comunista ateo.

¿Cómo se puede prescindir, al considerar el problema de Argelia, de este marco en el que se sitúa?

Estas son, Santísimo Padre, nuestras reflexiones y nuestras penas: son cosas grandes, acontecimientos de eficacia secular (¡mil años!), las cosas y los acontecimientos, los problemas y las situaciones, en los que Dios sitúa hoy en día la historia de las naciones. 

Argel, El Cairo, Nueva Delhi, Moscú, Tokio y demás: todo un «sistema» de ciudades, de pueblos, de naciones, que ejerce presión con tanta energía creadora sobre el «sistema» de las capitales de Occidente, todavía estancadas en su «ocio» y en su «sueño».

Es hora de despertarse: ¡hora est iam de somno surgere! ¿Cómo? ¿Con qué finalidad? ¿Para producir otras bombas nucleares? Claro que no, para producir la única energía nuclear capaz de renovar el mundo, la energía atómica de la fe: haec est victotia quae vincit mundum, fides vestra.

«La energía teologal» de la fe, de la caridad, de la esperanza; una energía liberadora: energía de don, de justicia, de conversión a Dios, de fraternidad efectiva de los hombres; energía hecha para servir y no para ser servidos. 

¿Ideal abstracto? ¿Mito de poetas? No: es el único ideal que puede salvar concretamente a Occidente y hacer que vuelva a «prestar sus servicios» como director de orquesta al mundo entero.

Así es como hay que ver las líneas esenciales de las perspectivas históricas actuales, Santísimo Padre. Mediante la reflexión y la oración, a mí me parece que las cosas están así. 

En cualquier caso, una cosa es cierta: el problema argelino es grave. Hay que solucionarlo con prontitud: atañe a Francia, a Europa, a todas las naciones. Y, lo más importante, atañe a la Iglesia y a la «dinámica expansiva» de la Iglesia en África, en Asia y en el mundo entero: ¡por eso la Iglesia tiene derecho a hablar!

Que san Agustín y los santos africanos nos ayuden en este momento tan grave: un momento que, por otra parte, puede transformarse en un momento de esperanza y de florecimiento. 

Y que la Virgen nos lo conceda. Considéreme como un hijo, Santísimo Padre.

Suyo en Cristo,

La Pira

 

Semana in Albis, 18 de abril de 1958