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Los jovenes como las golondrinas

 

[…]

A nosotros nos parece que vuestro congreso tiene un significado y una finalidad dobles: 

1) tomar plena consciencia de las dimensiones ilimitadas de la nueva época histórica y de las inevitables fronteras nuevas hacia las que la misma llama a las nuevas generaciones de los pueblos de todo el mundo;

2) emprender juntos –partiendo, por así decir, desde Florencia‒ este camino arduo, ascensional, lleno de resistencias y peligros, que atraviesa las fronteras nuevas del mundo y conduce –como ya hemos dicho‒ a la tierra de la paz, de la unidad, de la libertad y de la iluminación espiritual y cívica de todas las gentes. 

Ahora bien, en cierto modo hay que precisar y aclarar estos dos puntos.

Y ante todo, amigos, yo os pregunto: ¿es una expresión retórica o una verdad histórica concreta y experimentada, la afirmación de que la historia humana ha entrado en una época radicalmente nueva y de dimensiones ilimitadas? Y decidme también (como prueba de esta afirmación): ¿es cierto o no que estamos ante la divisoria apocalíptica de la historia del mundo, es decir, que por efecto de la ciencia y de la técnica nuclear y espacial la guerra ya no es físicamente posible (¡so pena de la destrucción física de la tierra!) y que por eso no hay alternativa a la paz milenaria –¡bíblica!‒ de los pueblos?

La respuesta ya no es dudosa, amigos: y la respuesta no viene del alcalde de Florencia (¡que hace doce años tuvo la ingenuidad de decir estas cosas, y le llamaron iluso!), sino que viene de las más altas cátedras científicas, técnicas y políticas del mundo.

[…] Y si de las cátedras científicas y técnicas del mundo pasamos a las espirituales y a las políticas, la respuesta es análoga, es suficiente citar la Pacem in terris de Juan XXIII y los discursos de los líderes políticos más comprometidos y responsables de la historia presente del mundo: los discursos de Kennedy, Kruschev y McMillan (por limitarnos a los tres firmantes del pacto nuclear de Moscú del 5 de agosto de 1963).

Esta es, amigos, la nueva y fundamental frontera de la historia nueva del mundo: ¡la frontera bíblica, apocalíptica, de la paz!

Pero esta frontera está conectada orgánicamente con otras fronteras igualmente nuevas que es necesario atravesar, con decidida voluntad política: es decir, las fronteras de la unidad, de la libertad y de la iluminación espiritual y cívica de todos los pueblos y las naciones de la tierra.

¿Qué significa todo esto, amigos? Significa que los pueblos y las naciones de todo el mundo constituyen ya, cada día más –a todos los niveles‒, una unidad indisociable (aunque –como toda unidad verdadera‒ plural y, por ello, ampliamente articulada: ¡multitudo ordinata!), ¡significa que los problemas científicos, técnicos, económicos, sociales, políticos, culturales y religiosos de cada pueblo son problemas cuya solución afecta orgánicamente a todos los demás pueblos del globo terrestre!

Todos los muros se han roto: se han quebrantado todas las barreras; se han eliminado todos los esquemas mentales de división; ¡los confines de los pueblos han dejado de ser muros que separan para transformarse en puentes que unen! 

La aventura histórica de los hombres se nos aparece ya de manera extremamente evidente –nunca tanto como ahora‒ como una aventura única; una aventura solidaria; una misma barca, frágil, en medio del océano cósmico; se nos aparece como la tierra sobre la que todos estamos embarcados (¡Pascal!); hay una misma navegación milenaria, a través del océano cósmico: hay una misma ruta; están los mismos puertos de civilización (diseminados por la tierra y el cosmos); ¡y hay un mismo puerto bíblico final al término de la sucesión indefinida de las generaciones y los siglos!

[…]

Las generaciones nuevas son, precisamente, como las aves migratorias, como las golondrinas: sienten el tiempo, sienten la estación; ¡cuando llega la primavera se mueven ordenadamente, empujadas por un irrefrenable instinto vital –que les indica la ruta y los puertos‒, hacia la tierra donde la primavera está en flor!

Con las generaciones nuevas de nuestro tiempo pasa lo mismo: haec est generatio quaerentium eum

Sienten el tiempo: sienten la nueva estación histórica del mundo; están movidas interiormente por un irrefrenable instinto vital que Dios les infunde y que les hace descubrir y atravesar las fronteras nuevas y las introduce –¡como Israel!‒ en la tierra prometida que mana leche y miel: la tierra de la paz, de la libertad y de la elevación espiritual y cívica de todas las gentes. 

Si todo esto es cierto –¡y lo es!‒, ¿qué hacer entonces? La respuesta forma parte de uno de los objetivos esenciales de este congreso: precisamente el de emprender juntos (empezando por Florencia), con atrevimiento, este camino de ascenso ‒todavía lleno piedras con las que tropezarse, resistencias y peligros‒ para atravesar las fronteras nuevas de la historia y llegar así, como ya se ha dicho, a la tierra prometida de la paz, de la unidad, de la libertad y de la elevación y la iluminación espiritual y cívica de todas las gentes. 

[…]

Permitid que el alcalde de Florencia –creyente, cristiano, que nunca ha escondido su fe (ni siquiera en el Kremlin), es más, que ha hecho de ella, como ha podido, una fuerza vital al servicio de la paz y del bien espiritual y cívico de los hombres‒, os indique de manera fraterna una de estas piedras que hay que quitar rápidamente: ¡el ateísmo de Estado!

Es una rama seca, una herramienta de intolerancia; está históricamente obsoleta; viene del contexto histórico del siglo XIX, capitalista y burgués; es un infantilismo científico y cultural, una herencia pasiva de la cultura burguesa del siglo XIX, una herramienta clasista, de alguna manera, para eludir todo juicio de valor sobre las terribles «leyes» de la economía de mercado (¡las leyes de bronce del desempleo y de los salarios!) y las también terribles leyes de la política nacionalista de guerra, dominio y opresión.

El mismo Marx –en un cierto sentido, viendo las cosas en un determinado contexto histórico‒ si viviera hoy no afirmaría ser ateo: de hecho, su mensaje radica, en un cierto sentido, en la espera mesiánica de justicia terrenal (arraigada en su alma de hebreo) de la que trae su origen profundo el mensaje de Israel.

Quitad, amigos, esta piedra que tanto obstaculiza –¡creéroslo!‒ nuestro camino común: los pueblos jóvenes, las generaciones jóvenes, en general, tienen un potencial religioso con un inmenso valor creativo para la historia del mundo. Tenemos que poner este potencial creativo ‒esta inmensa fuerza vital‒ al servicio de nuestros ideales: para transformar el mundo y no sólo para interpretarlo (¡como dice un texto de Marx que vosotros conocéis bien!). Para edificar una ciudad nueva en torno a la fuente antigua (como dijo Juan XXIII). Pensad en la luz, la esperanza y la alegría que se esparcirán por todo el mundo (y de manera tan marcada en el de los pueblos nuevos) cuando esta piedra ya no obstaculice nuestro camino y la luz vivificadora de Dios pueda volver a difundirse –sin obstáculos y sin intolerancia‒ para elevarlos, con la belleza, la cultura, la civilización y la paz sobre todos los pueblos y las gentes.