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A las monjas de clausura - un puente entre contemplaciòn y acciòn

Reverenda Madre:

Con la dulce época navideña concluye el primer año en el que se ha podido poner en práctica de alguna manera la idea de un «puente» a tender entre las dos orillas, que son esenciales por igual para la vida de la Iglesia y la de la civilización: la «orilla» de la contemplación y la «orilla» de la acción.
De hecho, la raíz de la que brotó la idea de una intervención caritativa de la Conferencia de San Vicente fue precisamente la de tender un puente entre estas dos orillas, bajo cuya unidad se pone en práctica de manera integral el cristianismo: dos orillas que son como el reflejo de las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana: ¡la orilla del Verbo y la orilla del hombre!

El ideal es luminoso, no cabe duda: y en efecto, ¿cuáles son recíprocamente las instancias fundamentales de estos dos mundos destinados a integrarse el uno con el otro? La respuesta no presenta dudas; lo hemos dicho ya en otras cartas, pero hay que repetirlo a menudo: el mundo «profano», es decir, el mundo específicamente humano, el mundo que se construye a través de la vida técnica, económica, social, política y cultural, este mundo que es, en cierta manera, el mundo de la acción, de la actividad externa, del dinamismo incesante, pide, a menudo inconscientemente, una única cosa: el agua de la gracia, la dulzura que se experimenta con el silencio, las vitales intuiciones de la soledad, los frutos tan suaves de la oración, las delicadas y virginales purezas de la luz interior. Este mundo tan activo pide, a menudo sin tener consciencia de ello, el descanso de la contemplación, el corroborante «sueño» de la fruición de Dios; pide su construcción para encontrar solidez y fecundidad sobre la roca de la oración: es como una planta que no puede vivir arrancada de su raíces; advierte que sólo desde las profundidades de la adoración y la contemplación de Dios puede obtener la savia que concede juventud y vida. Y es entonces cuando vuelven a despuntar en el horizonte de la civilización contemporánea la línea agraciada y severa, firme y delicada, de los monasterios de clausura.
He aquí las piedras sobre las que la sociedad moderna trata, todavía inconscientemente, de cimentar su edificio: son ellas los oasis de la paz, las fuentes del agua viva; es esta la morada del silencio, de la soledad; aquí la «parte mejor» se desarrolla en toda su plenitud; aquí en la paz vivificadora descansan en cierta manera juntos Dios y el hombre: hic manebimus optime (Tito Livio) et qui creavit me requievit in tabernaculo meo.
Y, por otro lado, ¿qué pide el mundo contemplativo? Una vez más la respuesta es clara: pide penetrar con la levadura de la gracia, con la savia de la oración, con la mitra de la penitencia, con la potencia del amor, en las estructuras más íntimas del mundo «profano»; pide que se are y se fecunde todo el terreno del hombre: vida personal y vida familiar, vida económica y vida social, vida política y vida cultural, toda la vida humana constituye el objeto de esta petición incesante: es la petición misma de Cristo: se extiende cuanto se extiende el hombre.
¡Qué inmenso campo de trabajo, cuánta tierra por arar, cuántos surcos por abrir, cuánta irrigación de gracia y de paz! La siega es mucha y los operarios son pocos.
¿Y entonces? Entonces he aquí lo que urge en la vida de los monasterios de clausura: un «puente» de alguna manera visible con este mundo humano que aguarda el rocío de la gracia del amor; un canal que haga volver a fluir también visiblemente de una orilla a la otra la ola virginal de la gracia, el encanto invencible de la belleza suprema: Dios amado, Dios contemplado, Dios infinitamente gozado. Una parte, por así decir, de este «derroche» divino de adoración y canto, de júbilo y exultación, pide volver a ser derramado sobre el hombre.

¡Qué se ha hecho este año! Se ha intentado tender un «puente» entre estas dos orillas, ambas esenciales para la Iglesia y la civilización: atraer la mirada del mundo «profano» hacia el mundo contemplativo, atraer la mirada del mundo contemplativo hacia el mundo profano.
¿Lo hemos conseguido? Sí, en cierta manera; lo atestiguan los fuertes ecos suscitados por nuestra iniciativa: para ambas partes ha sido como una alegre sorpresa y un feliz descubrimiento. Valores de la contemplación y valores de la acción: una jerarquía rehecha, una armonía reencontrada; se ha recompuesto íntegramente, por así decir, el rostro divino y humano de Cristo.
¿Qué hay que hacer? Seguir por este camino, consolidar este puente, avivar este comercio entre las cosas del hombre y las cosas de Dios, hacer que el injerto profundice y se expanda, que del tronco del Verbo broten todos los sarmientos del hombre.
Por eso, Reverenda Madre, en 1952 se intensificará nuestro coloquio; adjuntaré a mis cartas también las de otros: hombres de la política, del arte, de la industria, de la técnica; un coloquio que, pese a la diversidad de sus contenidos inmediatos, tendrá un único contenido permanente y mediado: un coloquio de criaturas llamadas a construir, por diferentes vías, la ciudad de Dios, el reino de Cristo; destinadas a construir ya en la tierra los muros de la ciudad eterna: ut aedificentur muri Ierusalem.

Reverenda Madre, que en esta dulce época navideña puedan intuir nuestras almas sin velos ni sombras la belleza de este ideal divino. Et Verbum caro factum est: que la luz del Verbo resplandezca en nosotros como en María; que se convierta en nosotros, en nuestras obras y en nuestras cosas, como en María, en una luz «incorporada»; que se convierta en el ideal que nos ilumina, en la dulzura que nos embriaga, en el «viento» que nos mueve; que bajo el impulso de este ideal divino se mueva todo nuestro ser para trasladar a la civilización y la sociedad terrenal los lineamentos de la ciudad celeste.
Dígale, Reverenda Madre, a todas sus hermanas que nos lleven en su corazón cuando recen al Señor, en las horas de quietud profunda y en las más valiosas de los sufrimientos redentores: la amplitud del combate que nos ocupa –dulce empeño de caridad y de luz? pide un asilo de silencio, un suavísimo asilo de soledad; que sea este asilo el corazón virginal de todas las criaturas consagradas, como María, tan sólo a Cristo, por esta única, valiosa, inestimable operación: florecer, cual flor intacta, sólo por Dios; vivir sólo por Dios, morir suavemente sólo por Dios.

Suyo en Cristo,

La Pira

Tercer Domingo del Adviento, 1951