La espera de la pobre gente

 

 

Este ensayo, junto con el posterior «La defensa de la pobre gente» fue publicado en 1951 por la Libreria Editrice Fiorentina:


La Pira G., L'attesa della povera gente, Florencia, Libreria Editrice Fiorentina, 1951 

Vuelto a publicar en La Pira G., Per un architettura cristiana dello Stato, Florencia, Libreria Editrice Fiorentina, 1954 ; nueva edición a cargo de Alfredo Nesi, Florencia, Libreria Editrice Fiorentina, 1977; segunda edición de la anterior, Florencia, Libreria Editrice Fiorentina, 1978; reimpresión de la primera edición, Florencia, Libreria Editrice Fiorentina, 1983.

La portada de la primera edición presenta un dibujo del pintor Ottone Rosai.Image

Qué espera la pobre gente (¿desempleados y necesitados en general?). La respuesta es clara: un Gobierno con un objetivo, en cierta manera, único: estructurado orgánicamente en vista del mismo: la lucha orgánica contra el desempleo y la miseria.

Esto es, un Gobierno que apunte seriamente (mediante la aplicación de los mecanismos técnicos, financieros, económicos y políticos adecuados) a la máxima ocupación y, como mínimo, al «pleno empleo».

Otra cosa –respecto al Gobierno‒ esperaba, espera, la pobre gente: sin saberlo sostiene la misma tesis que el Economist del pasado febrero: el «pleno empleo» es el imperativo categórico fundamental de un Gobierno que sea consciente de las nuevas tareas asignadas a los Estados modernos. 

Pero desear seriamente la máxima ocupación o, como mínimo, el pleno empleo, significa aceptar algunas premisas y querer hacer uso de algunas herramientas sin las cuales no es posible alcanzar ese fin.

Hay, ante todo, una premisa de naturaleza exquisitamente cristiana: un Gobierno habla en vano de valor de la persona humana y de civilización cristiana si no se pone a luchar orgánicamente para acabar con el desempleo y la necesidad, que son los más temibles enemigos externos de la persona.

El documento inequivocable de la presencia de Cristo en un alma y en una sociedad ha sido definido por el mismo Cristo: ¡está constituido por la íntima y eficaz «propensión» de esa alma y de la sociedad hacia las criaturas necesitadas!

¿Hay personas sin empleo? Hace falta darles una ocupación. La parábola de los viñadores es decisiva en lo que a esto respecta: a todos los desempleados que en las varias horas del día ociaban forzadamente en la plaza –porque nadie los había cogido: nemo nos conduxit!‒ se les dio una ocupación. He aquí un ejemplo característico de «pleno empleo»: nadie se quedó sin un trabajo. 

De hecho, ¿qué significa que se resuma toda la ley y a los profetas en el único mandamiento de amar a Dios y al prójimo? ¿Qué significa amar al prójimo como a uno mismo? ¿Me gustaría a mí estar desempleado, hambriento, sin casa, sin ropa, sin medicinas? Ya lo creo que no: entonces ese no tengo que pronunciarlo también por mis hermanos.

Si yo soy un hombre de Estado mi no al desempleo y a la necesidad no puede significar más que esto: que el objetivo de mi política económica ha de ser la ocupación de los obreros y la eliminación de la miseria. ¡Está claro! Ninguna engañosa objeción sacada de las llamadas «leyes económicas» puede hacer que me desvíe de este fin: tengo que acordarme siempre de que el Evangelio no es un «libro de piedad» (¡también!), sino ante todo un «manual de ingeniería» (parábola del constructor, Mt 7:24-29), esto es, que revela las leyes constitucionales, ontológicas, del hombre; las únicas leyes que permiten construir sólidamente la vida personal, social e histórica del hombre. Toda la liturgia cuaresmal, con sus continuas referencias al Antiguo Testamento, se centra en este sano pensamiento: ayuno, sí, pero acuérdate de que la esencia más profunda del ayuno reside en el amor fraterno; frange esurienti panem tuum egenos vagosque induc in domum tuam: comparte tu pan con quien tiene hambre y recibe en tu casa a los pobres vagabundos (Is 58:1-9). 


[…]


1) ¿Está convencido el Gobierno de que hay que combatir el desempleo, con la miseria moral que provoca, como uno de los enemigos y una de las contradicciones fundamentales de la sociedad cristiana?

2) ¿Está convencido el Gobierno de que el desempleo constituye un despilfarro económico que incide gravemente en la renta nacional y de que, a largo plazo, produce también inflación?

3)¿Está convencido el Gobierno de que la eliminación del desempleo presupone una regulación del mercado del trabajo que ha de llevarse a cabo mediante una planificación del gasto (público y privado) que sólo él mismo puede realizar?

4) ¿Está convencido el Gobierno de que ningún obstáculo de naturaleza financiera puede ni debe impedir que se alcance al menos gradualmente este objetivo? ¿De que el «dinero» en cualquier caso no puede dejar de existir aunque sea extremadamente fatigoso –¡y requiera un esfuerzo intelectual, de voluntad y de oración!‒ conseguirlo? ¿De que si hay una necesidad esencial humana no puede faltar –puesto que Dios existe y es el Padre‒ el medio adecuado para satisfacerla? ¿De que esta posición dictada por la fe está perfectamente convalidada por la experiencia y por la más reciente y vital teoría económica?

5) ¿Está convencido el Gobierno de que asumir este nuevo y tan fundamental deber comporta un cambio en un cierto sentido radical de su política económica y financiera, interna e internacional? ¿De que comporta la elaboración de un balance del Tesoro totalmente diferente, en cuanto a su estructura y finalidad, respecto al actual? ¿De que comporta un cambio adecuado dentro de la estructura del Gabinete y del aparato burocrático estatal? 

6) Y por último, ¿desea el Gobierno proceder de entrada con la inmediata erogación de las sumas necesarias para satisfacer de alguna manera las primeras e inderogables exigencias de los desempleados?

Éstas son las preguntas concretas que la pobre gente le hace al Gobierno; si el Gobierno puede dar una respuesta positiva a las mismas, entonces la «crisis» quedará resuelta y el Gobierno –atrayendo hacia él las bendiciones de la pobre gente‒ hará lo mismo que el sabio constructor del Evangelio: construirá sólidamente el edificio sobre la roca (Mt 7: 24-29).

Si el Gobierno da a las mismas una respuesta negativa entonces la «crisis» adoptará dimensiones mayores y el Gobierno hará lo mismo que el necio constructor del Evangelio: construir el edificio sobre la arena, para que luego llegue la tormenta y con ella la ruina (Mt 7:24-29).