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La defensa de la pobre gente



[...] ¿Tal vez que las palabras de Jesús ‒«A los pobres los tendréis siempre entre vosotros»‒ legitiman de alguna manera una estructura social –económica, financiera, política‒ que ha tolerado en el pasado y tolera en el presente, todavía en tamañas dimensiones, el cáncer del desempleo y la miseria?
No, los pobres no son una Eucaristía social (el tan querido y añorado don Moresco no podía decir más que esto: que un cristiano debe tener un deseo de eliminar el desempleo y la miseria equiparable al que tiene –o debería tener‒ de recibir a Cristo en su alma): son la prueba viviente, dolorosa, de una iniquidad en la que se entreteje el organismo social que los genera; son la señal inequivocable de un desequilibrio tremendo –el más grave de los desequilibrios humanos después del pecado‒ propio de las estructuras del sistema económico y social del país que los tolera; son el testimonio del ulterior sufrimiento que los hombres (los creyentes) infligen al mismo Cristo («a mí me lo habéis hecho»); son el eco siempre vivo y preocupante de las palabras tan duras que el apóstol Santiago pronunció (pido perdón por la cita, no está dirigida a nadie, es más bien una advertencia para todos): «Vosotros, los ricos, llorad y gemid a la vista de las calamidades que se os van a echar encima. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos están apolillados. Hasta vuestro oro y vuestra plata están siendo presa de la herrumbre, que testimoniará contra vosotros y devorará vuestros cuerpos como fuego».
Y los «ricos» no son tan sólo los «particulares ricos», son también, y sobre todo, los que poseen las palancas de la economía, de las financias y de la política: esto es, los que han sido colocados a la cabeza de la familia, dispensadores fieles y prudentes, destinados a un único objetivo: dar trabajo y comida a todo el mundo en el momento oportuno. 

[…] He aquí, así pues, el axioma de la vida cristiana (y por lo tanto de la vida política de un cristiano); cuando Cristo me juzgue estoy seguro de que me hará esta única pregunta (que engloba todas las demás): ¿cómo has multiplicado, a favor de tus hermanos, los talentos privados y públicos que te he confiado? ¿Qué has hecho para erradicar de la sociedad, en la que te he asignado el papel de regulador y dispensador del bien común, la miseria de tus hermanos y, por consiguiente, el desempleo que es su causa fundamental?
No podré aducir, como excusa ante mi falta de acción o su ineficacia, las «razones científicas» del sistema económico basado en un grupo de pretendidas «leyes» (es inútil que enumere aquí las siete «leyes» de Stuart Mill), inviolables –¡eso se dice!‒ como las leyes verdaderas, las de la naturaleza física.
No podré decir: Señor, no intervine para no turbar el libre juego de fuerzas de que consta el sistema económico; para no violar la norma «ortodoxa» que regula la circulación monetaria; dejé que sufrieran hambre algunos millones de personas para no disminuir la ración de pan de otros 30 millones de personas; tuve que «ganar tiempo» porque ciertas reglas de prudencia monetaria (o sea, de «mi» prudencia monetaria) me impedían responder orgánica y rápidamente a la demanda dolorosa de trabajo y de pan que me llegaba con tanta urgencia de tantos labios (petierunt panem et non erat qui frangeret eis, dice Isaías). No, no puedo aducir para justificarme estas respuestas; la cuestión sigue siendo: «estuve hambriento, y no me disteis de comer».

Porque, entre otras cosas, si adujera estas excusas imputaría al Redentor una cosa grave: que me ha impuesto que persiga un fin a sabiendas de que no encontraría los medios para ello.
¿Y si se me acusara, en cambio, de pereza mental? ¿Y si ese día «único» se aludiera también a otras técnicas económicas y financieras, a otros instrumentos políticos por mí conocidos, mediante cuyo uso tal vez habría podido darse una respuesta positiva a todas esas demandas angustiosas?
Según la premisa cristiana hay que comprometerse con el fin y con la búsqueda siempre activa de los medios proporcionados para dicho fin. Estos medios tienen que existir, existen, si a ellos está ligado un fin tan esencial para el hombre: se trata de buscarlos con amor apasionado, con la mente siempre abierta a toda chispa de luz que permita, de alguna manera, entreverlos.
¿Keynesianos, no keynesianos? Los nombres no cuentan, cuentan las cosas. Creer en una posible técnica resolutiva (si bien con prudencia) del mayor problema social (desempleo y miseria) o ser escépticos sobre la posibilidad y la eficacia resolutiva de la misma: ese es el dilema. 
La raíz del contraste que esta polémica tan viva ha sacado a la luz reside en eso: es un contraste de fondo; revela dos concepciones diferentes de las repercusiones sociales del cristianismo, dos maneras distintas de concebir la finalidad de la economía, de las finanzas y de la política. No es un disentimiento por un detalle, no se puede decir que, al fin y al cabo, las dos partes están de acuerdo: no, no están de acuerdo, porque su desacuerdo toca las ideas básicas y de orientación. 

[…] El desempleo es un consumo sin un equivalente de producción y por eso mismo un despilfarro de fuerzas productivas.
La consecuencia es evidente: un sistema económico que padece este mal es como un organismo que padece cáncer: lleva en sí mismo un germen que lo corroe. 
Y la razón está clara: el desempleo, en efecto, está causado por un lucro cesante y un daño emergente; el primero, porque el desempleo significa falta de producción (2 millones de desempleados estables en Italia significan más de 600.000 millones anuales de falta de producción); el segundo, porque estos desempleados tendrán que vivir, y por lo tanto consumir (¡no se pueden eliminar!): ahora bien, este «consumo» en Italia comporta necesariamente un gasto que va de 100 a 150.000 millones anuales, teniendo en cuenta la mera subsistencia de los 2 millones de desempleados y no la de sus familiares. 
Por todo ello, esta premisa económica incluye en sí misma otra de carácter financiero, que puede formularse así: el desempleo masivo provoca una circulación monetaria sin un equivalente de producción y, por este motivo, causa inflación. (Es este el punto sobre el que hay que meditar.)
Si esta premisa económica es cierta, como así es, de ella se deriva una evidente necesidad terapéutica: hay que extirpar este cáncer corrosivo (sin entrar en los efectos de disgregación social que produce necesariamente) si se quiere dar salud, estabilidad y productividad al sistema económico y financiero.
Terapia causal, de fondo, no sintomática y episódica: cura del sistema entero, de sus articulaciones esenciales, no curas pequeñas y dispersivas (subsidios o trabajos públicos ocasionales) que no surten ningún efecto sustancial para el restablecimiento intrínseco del organismo enfermo.
[…] Sólo el Estado puede llevar a cabo de manera orgánica la erradicación del desempleo y la miseria –y, por consiguiente, el saneamiento del sistema económico y financiero‒, y esto constituye el nuevo, y en cierta manera fundamental, deber del Estado moderno.
Esta premisa es, bajo ciertos aspectos, la que concreta y posibilita la acción a todas las demás: es para ellas lo que el medio para el fin, porque la premisa religiosa, la metafísica, la histórica y la económica pasan a estar operativas en la sociedad moderna, y por eso mismo se traducen en la realidad social, sólo mediante la aplicación de esta premisa política esencial.
Es inútil volver a citar aquí a Beveridge y a todos los escritores del pleno empleo. No obstante, no puedo dejar de aludir al informe de la ONU de Clark, Smithies, Kaldor, Uri y Walker acerca de las medidas nacionales e internacionales que apuntan a determinar y mantener el pleno empleo. Un estudio claro, meditado y bien construido que hay que recordar aquí es el de R. S. Savers, «La inestabilidad de la economía americana» (Moneta e Credito, 1949, n. º 7, 269 ss.), en el que se traza con líneas claras el mecanismo económico y financiero que el Estado americano debe mover para mantener la estabilidad del sistema económico y financiero, interno e internacional: estabilidad cuya condición es, evidentemente, al menos el uso pleno de los recursos productivos en general y de la mano de obra en particular. Me reservo, para otro estudio, el mostrar cómo esta premisa política tiene su fundamento en la construcción del bien común, tan magistralmente trazada por santo Tomás.
Es de entender que el desempleo masivo y permanente no es un «episodio» de la vida económica: los estudios y las investigaciones estadísticas ya han mostrado las causas y su conexión con el conjunto del sistema económico y financiero: ¿cómo se va a poder estabilizar el sistema económico, a ciertos niveles de producción y empleo, si el Estado –el único capaz de hacerlo‒ así no lo desea y, si es necesario, no asume orgánicamente –mediante el gasto «de compensación»‒ la «cura» del mismo como exige su función integradora? Cabe recordar aquí la función que en derecho romano tiene el derecho pretorio respecto al derecho civil: quod praetores introduxerunt juris civilis corrigendi gratia, vel adiuvandi gratia, vel supplendi gratia (D. 1, 2, 7). 
El padre HÄRING O. P. muestra en un reciente artículo («Charité d'hier, justice d'aujourd'hui») cómo el Estado contemporáneo va asumiendo necesariamente deberes nuevos que antes se confiaban a la caridad particular (todo el vasto campo de la asistencia social y ahora, orgánicamente, el del desempleo).
Pero la palabra «Estado» no debe asustar: es susceptible a muchos análisis; no significa necesariamente ni burocracia incapacitada ni destrucción de la vida personal, propulsiva: ¡sino que puede y debe significar intervención orgánica, rápida, estimulante e integradora de la iniciativa humana! Es el «estado» nuevo, con letra minúscula si se prefiere: un estado en proporción con la velocidad actual de la acción humana, en crecimiento permanente: el Estado hecho realmente por la persona humana. Como ya se sabe, hay bastante que cambiar en la actual y destartalada estructura estatal.
[…] Ante este cuadro general de la situación económica (y social) italiana, la pregunta es evidente: ¿puede durar? Y la respuesta también es evidente: no puede durar.
Es inútil argumentar, distinguir, mostrar que una parte del sistema está sano y lozano, y que la lira tiene solidez y demás: el sistema económico y financiero es indivisible, el diagnóstico es el que es y el juicio sobre su prolongación no puede ser más que éste: no puede y no debe durar más.
Aquí no se trata de ser keynesianos o no keynesianos, a lo sumo las cosas, son keynesianas: es decir, son las cosas las que exigen no una «contemplación» del sistema económico y de sus «fenómenos de reajuste automático» ‒automatismo desmentido por un siglo de historia económica‒ sino una rápida y decisiva intervención terapéutica (y, si fuera necesario, también quirúrgica). Cualquier médico atento y responsable dice: el sistema está todavía fundamentalmente sano, pero las partes enfermas deben sanarse con prontitud si no se quiere que la infección se propague por todo el organismo: no hay que esperar más. 
Si esto significa ser keynesiano, alabado sea Keynes: el hecho sigue siendo el mismo (contra factum non valet argumentum). Pero el diagnóstico va más allá: la salud de un sistema económico se mide mediante el nivel de producción y el correspondiente a la renta de conjunto (e individual); ahora bien, el desempleo cuesta 600.000 millones al año de falta de producción (cálculo de Zellerbach), es decir el 10% de la producción total y de la renta total (la renta per cápita en 1949 –dice el informe sobre la situación económica del país presentado por el ministro del Tesoro, pp. 10‒ es todavía un 10% inferior a la de antes de la guerra). Además, comporta ‒en su conjunto, es decir, calculando también las personas que están a cargo de otras‒ un gasto improductivo que se puede estimar en 250-300.000 millones al año (los desempleados tendrán que vivir, luego gastar).
He aquí la «situación». Podemos encogernos de hombros y decir: ¿qué puedo hacer yo? En cambio habría que decir: es preciso hacer algo más respecto a lo que ya se ha hecho, algo serio, orgánico, con prontitud, porque de otro modo «las cosas se harán por sí mismas» y a buen seguro no será para bien. Merece la pena citar aquí a Vico: las cosas fuera de su estado natural ni se desarrollan ni duran. ¿Qué hacer? Está claro, hay quien lo ha dicho abiertamente a lo largo de esta polémica: aumentar la producción y el consumo (interno y extranjero) hasta el nivel de pleno empleo (o, por lo menos, de la máxima ocupación posible) de los recursos productivos, esto es, emplear al menos a una gran parte de los desempleados).