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La crisis y el papel de las ciudades

 


 

Señores representantes de los Ayuntamientos de Europa:

Antes que nada, decirles que he venido con mucho gusto para traerles un saludo cordial y augural de Florencia; he venido en reconocimiento a la validez de un movimiento –como el suyo‒ profundamente arraigado en la historia contemporánea y destinado a dar valiosos frutos de perfeccionamiento, elevación, unidad y paz no sólo entre las naciones de Europa sino entre las naciones del mundo entero. 

Y las razones de la validez histórica de este movimiento y de su capacidad de fructificación para el bien de los pueblos se vuelven cada día más evidentes y merecen ser cada vez más ilustradas y difundidas. 

¿Cuáles son estas razones? La respuesta es fácil: de todas ellas podemos elegir algunas que son esenciales por la luz que proyectan sobre la crisis de la historia presente.

Señores, les pregunto: ¿acaso una de las causas fundamentales de esta crisis –una crisis que toca las concepciones básicas de la persona, de la sociedad y de la historia humanas‒ no reside en la crisis de la ciudad?

Crisis de desarraigo, como se ha dicho apropiadamente: desarraigo de la persona respecto a la ciudad, ¡de la que la persona saca su perfección y su medida!

Porque la persona humana está definida de alguna manera por la ciudad en la que ha echado sus raíces: como la planta con su campo. 

La ciudad con sus medidas, su templo, sus casas, sus calles, sus plazas, sus talleres, sus escuelas, ¡forma parte de alguna manera de la definición del hombre! 

Desarraiguen al hombre de este suelo que lo alimenta y lo perfecciona: ¿qué obtendrán? La crisis de la historia presente está contenida en gran parte en esta pregunta verdaderamente dramática.

Señores, no exageramos al decir esto: después de todo, la viva atención que el mundo de la cultura más reciente y cualificado dirige a la ciudad para indagar en su misterio y en su valor es una prueba cierta de nuestra tesis. Si hay una llave que abre la puerta de la crisis presente y desencierra sus causas esa llave es la ciudad: llave religiosa, cultural, social, económica. Porque en la «reedificación» de la ciudad –en el orden, la medida y la belleza con que la enriquece el Evangelio‒ está el secreto de la solución de la crisis histórica de hoy y el amanecer de la historia de mañana. 

Pues bien, una cosa es innegable: que en este proceso histórico de reedificación de la ciudad, en este nuevo arraigamiento del hombre en su casa grande (como sugerentemente definió la ciudad León Battista Alberti) el papel que les corresponde a las ciudades es realmente básico.

El porqué lo podrán intuir, señores; porque las ciudades de Europa han brotado bajo el impulso de una única fuerza vital, de una única inspiración vital: ¡la fuerza y la inspiración creadoras de la gracia sembradas a lo largo y ancho de nuestro continente!

Por eso nuestras ciudades se parecen entre ellas de alguna manera: todas tienen, aun en la esencial diversidad de su aspecto, una medida y una belleza comunes, ¡como medida que son de la vocación a la vez terrenal y celeste, humana y divina, de la persona! Ciudades que están edificadas, por lo tanto, a la medida del hombre: centradas en la catedral, radicadas en el taller, con la plaza como elemento común. La verdadera casa grande del hombre: la expresión arquitectónica, religiosa, social, cultural y económica de la comunión que une a los hombres unos con otros forma una familia activa de hermanos.

¡Multi unum corpus sumus! Ciudades-medida: esto son las ciudades europeas. Y su vocación permanente reside en esta medida tan valiosa que están destinadas a difundir por todos los continentes y a legar a los siglos futuros y a las generaciones futuras.

Señores, ¿quién no ve que todas nuestras ciudades (ciudades marcadas por el mismo sello cristiano, ciudades-catedrales, ciudades-medida) son ciudades hermanas, miembros de una única familia, elementos esenciales de una tradición idéntica?

¿Que han brotado –por así decir‒ en el mismo espacio, bajo el impulso de la misma fe, del mismo pensamiento, de la misma esperanza, de un único amor?

¿Por qué se sigue se sigue postergando el convertirlas en partes vivas de una unidad social y política única? 

Unidad orgánica, es de entender, que no disuelva sino que potencie estos preciados valores que son las perlas que componen el collar de Europa y del mundo. 

Unidad que cree paz y civilización, que quiera seguir propagando esta paz y esta civilización como ya hizo en sus tiempos mejores, por todo el espacio terrestre: ¡en Occidente y en Oriente, en el Norte y en el Sur!

Estas son, señores, algunas de las razones esenciales que aportan un valor creciente a su movimiento. Es un movimiento que viene desde abajo, como se suele decir, que sube desde las raíces: un movimiento que comparte semejanzas sorprendentes con el movimiento creador de los Ayuntamientos que afloró en Europa en el amanecer del segundo milenio. 

En este amanecer remoto del tercer milenio, una vez más son los Ayuntamientos de Europa –de esta misteriosa e indestructible Europa, sembrada de gracia y de belleza, centro espiritual y geográfico del mundo‒ los que, bajo el impulso (a veces anónimo pero más a menudo definido) de la misma inspiración cristiana, vuelven a trazar las líneas esenciales de la historia futura.

Y de la misma manera que en el amanecer del segundo milenio se confió a las ciudades-catedrales de Europa la orquestación histórica, en este amanecer remoto del tercer milenio vuelven a ser las ciudades-catedrales de Europa las que dan una orientación y una definición a la historia del mundo. 

Señores, no nos queda más que tomar cada vez más conciencia de la validez histórica de nuestro movimiento y proceder, sin incertidumbres, con la ayuda de Dios, a la obra de edificación para la que hemos sido llamados.

No faltarán las dificultades y las incomprensiones, pero esta edificación de paz, de belleza, de espiritualidad y de hermandad será llevada a cabo con toda seguridad.

¡Ut aedificentur muri Jerusalem!