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La boda de su hermana

 

Esto as el texto de las cartas que La Pira escribe a su hermana y a su cunado en la ocasion del matrimonio.

 

Día de la Visitación de María

2 de julio de 1930


Mi muy querida Peppina:

Con retraso, te escribo finalmente para desearte desde el fondo de mi alma todo lo mejor para tu próximo matrimonio.

¿Qué pensamientos pueden acudir a la mente en esta ocasión? Los que conciernen a la importancia del paso que estás a punto de dar. Recuerda que el matrimonio es un sacramento y que la misión de la mujer y de la madre es enorme y poderosa: todo debe estar dirigido hacia una finalidad, que es llevar hacia Dios a las almas que éste pondrá a su lado, luego a su esposo y a sus hijos.

Cuando el Señor nos juzgue nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho con las almas que nos ha confiado, y por lo tanto a una madre le pedirá cuentas de lo que ha hecho para educar cristianamente a sus hijos y para llevar a su esposo hacia Jesús. 

Ahora bien, está claro que, para poder ser fiel a esta misión, ante todo hay que albergar en el corazón mucha generosidad hacia el Señor: obedecer con escrupulosa exactitud Sus mandamientos, los mandamientos de Su Iglesia, y recibir con frecuencia al Señor sacramentado en el corazón.

[…]

Así, cuando te encuentres en medio de las dificultades que la vida no deja de presentarnos, serás como una barca sólidamente amarrada a ese escollo inquebrantable que es Jesús. Ni las olas más furiosas podrán abatiros a ti y a tu familia, porque cuando Jesús está con nosotros somos almas repletas de fuerza y nadie podrá vencernos. 

Porque, querida hermana mía, es grande la malicia del mundo, y lo único bueno que hay en él es Jesús y aquellos que lo aman. Ahora nuestra vida es como una lámpara: si le ponemos el aceite de bondad que Jesús nos ofrece (cuando le queremos), esa lámpara seguirá estando siempre encendida, aun en la hora de la muerte. Y entonces pasaremos con júbilo de esta vida de fatiga a la vida dichosa del Paraíso.

Pero cuidado con el pecado, que no apague esa lámpara: entonces, aunque siguiéramos vivos, seríamos como muertos putrefactos cuyo hedor llega hasta las almas que se les acercan. 

[…]

Si te aprestas a celebrar tu matrimonio con estos pensamientos y estas promesas, puedes estar segura de que serás bendecida por Jesús y María: desde lo alto de los Cielos el Señor misericordioso hará que desciendan sobre ti y tu esposo las gracias necesarias para recorrer de la manera idónea el nuevo camino.

Yo no puedo más que acompañarte con la oración: invocaré todos los días a María, nuestra dulce Madre, a fin de que te preste esa ayuda que te ha de servir cada día para preservarte del mal y hacer que avances en la dirección del bien. 

Que puedas mantener esa casta pureza que es el atributo luminoso de las esposas y madres verdaderamente cristianas. Que el sentido del pudor cristiano que hace sonrojar los rostros de las almas que aman a Dios no se separe del tuyo. Así, con la bendición de Dios, tu casa será como un huerto cerrado donde florecerán las virtudes.

Te dejo con este augurio, deseándote a ti y a tu prometido todo el bien y esa paz que sólo Jesús posee y que concede a quien la pide con virtud y humildad.

Tu hermano,

Giorgio

 

 

2 de julio de 1930


Querido Giuseppe:

Aunque no te conozco, puesto que pronto pasarás a ser el marido de mi hermana, he de hablarte también como se habla a un hermano. El lazo que mi hermana y tú estáis a punto de estrechar y que nunca se deshará ni en la tierra ni en el cielo, es un gran lazo, un gran paso sobre el que es necesario que detengas tu atención durante estos días. 

Tenéis que hacer de dos corazones uno solo: de este deber se derivan consecuencias de gran importancia de cara a la conciencia y a Dios. La primera es esta: la fidelidad absoluta. Nunca más palpitará tu corazón, ni el de mi hermana, de manera diferente a como palpitan hoy el uno por el otro. Y esta fidelidad habrá que mantenerla a costa de cualquier sacrificio. 

[…]

La segunda consecuencia es esta: que el objetivo de vuestro matrimonio es crear una familia que se base en el temor y el amor hacia Dios. Marido y mujer sois como un huerto en el que saldrán brotes y flores. Pues bien, estas flores (los hijos) habrá que cultivarlas regándolas con el agua de la formación religiosa, para que la primera cosa que aprendan estos hijos sea que han nacido con una sola finalidad: amar a Dios y conocerlo primero en la tierra y después en el cielo. 

Pero, para hacer esto, es necesario que ambos deis ejemplo a vuestros hijos: de ahí la necesidad de acostumbrarse a la vida de oración con la que ha de empezar y acabar cada jornada.

[…]

La tercera consecuencia es el acuerdo entre vosotros: que siempre reine la paz, nunca la ira, ni los desaires ni la malicia, sino que seáis portadores de dulzura y mansedumbre el uno para la otra. Y que cuando estéis lejos el uno de la otra crezca vuestro afecto, y que la fuerza de este afecto se afiance a través de la fidelidad. 

[…]

Quiero decirte una cosa: no le tengas respeto a lo humano, que no te importe nunca lo que diga la gente sino sólo lo que te digan tu conciencia y Dios que te juzga. Si tu conciencia te reprende, entonces nunca hagas, cueste lo que cueste, lo que la gente querría que hicieras. Porque para ser recto moralmente es preciso despreciar las riquezas, los honores y la estima. Encuentra en el trabajo honrado, en el sudor duro, la alegría de la paz interior que el Señor ofrece a los que se esfuerzan por llevar una vida honesta.

Así pues, sé un buen marido, un buen padre de familia, un ciudadano honesto, un laborioso trabajador. Y todo esto lo serás con una única condición: que seas un buen cristiano.

[…]

Considérame como un afectuoso hermano.

Giorgio