a Juan XXIII - Y llegò un hombre

Santísimo Padre:

¡Qué emoción cuando le vimos dar su primera bendición a Roma y al mundo!

En esa señal amplia, afectuosa, augural, de la cruz, estaba toda su esperanza y todo su programa, Santísimo Padre. Una esperanza y un programa indicados también por el nombre que ha adoptado: Juan XXIII.

Una esperanza y un programa que se expresan con otros dos nombres: unidad y paz, ¡tanto para la Iglesia como para las naciones!

En Florencia lo dijimos enseguida: la adopción de ese nombre es como una mirada de inmensa caridad lanzada a la Iglesia en toda su «extensión»: a Oriente y a Occidente, a los miembros unidos y a los miembros separados del único Cuerpo de Cristo.

Y no sólo eso: ¡es también como una mirada de inmensa caridad lanzada al cuerpo entero –por desgracia todavía descompuesto‒ de los pueblos y de las naciones!

Santísimo Padre, no dijimos esta frase por conveniencia: ¡un auténtico sol de paz y unidad ha despuntado esta tarde en el horizonte de la Iglesia y del mundo!

Y estamos seguros de que no le disgusta, Santísimo Padre, que hayamos añadido esto: los rayos especialmente vivos de este sol de paz y de unidad para la Iglesia y para las naciones están destinados a pasar por Florencia, en cuyo baptisterio descansa la salma de quien intentara convertirse en Juan XXIII, el cual se esmeró por dar paz y unidad a la Iglesia. La Florencia que pocos años después (en 1437) vio, en Santa Maria del Fiore, cómo se fundían la Iglesia de Occidente y la de Oriente –si bien por poco tiempo‒ en un abrazo de paz y de unidad. 

¿Vamos demasiado lejos con el deseo y la esperanza?

Sí, es verdad. No obstante, Santísimo Padre, lo que ha movido a la Florencia cristiana en estos últimos años –tan dramáticos y aventurados‒ ha sido el lema paulino: Spes contra spem, que fue también la «divisa venturosa» del patriarca Abraham. 

Estas son, Santísimo Padre, las cosas que afloraron ayer por la noche en nuestra alma, como de repente: quasi instinctu Spiritus Sancti, como diría santo Tomás. 

Lo cierto es que se ha abierto una gran esperanza en nuestros corazones: una esperanza que es como un arcoíris que se extiende de un extremo del mundo al otro. 

Y nos hemos acordado de la segunda parte del mensaje de la Virgen en Fátima: ¡Rusia se convertirá y habrá paz en toda la tierra!

Que el Señor le dé la alegría, Santísimo Padre, de poder ser también visiblemente el «puente» de paz y de unidad en la Iglesia y entre las naciones. 

Y tenga la bondad de rezar paternamente por mí con su habitual afecto.

Suyo,

La Pira