a Juan XXIII-la crisis de la fàbrica "Galileo"

Santísimo Padre:

Perdone que le escriba, pero el próximo sábado tendría que haber estado en la audiencia que concederá a la Conferencia de San Vicente de Paúl. Se podrá imaginar con qué alegría habría participado, pero luego he pensado que era mejor que me abstuviera de ir. Me he dicho a mí mismo: paciencia, quiere decir que el Señor me volverá a dar la alegría que me ha dado esta noche ‒¡y no es la primera vez!‒ al hacer que soñara con usted dos veces. Venía a Florencia y visitaba la basílica de San Lorenzo. No me diga: ecce somniator venit. ¡El Señor es bondadoso y puede consolar a sus hijos ahí también!

Así que no voy el sábado, Santísimo Padre. Me duele, le habría visto con mucho gusto, con mucha alegría y esperanza; pero repito, es mejor que no vaya: la situación en Florencia es aguda y dolorosa, los operarios de la Galileo siguen ocupando la fábrica, la pena es grande y la injusticia evidente para todos –dilexi justitiam, odivi iniquitatem. Los pobres están siendo oprimidos: en estas condiciones es mejor que me quede aquí, en estos momentos cualquier «paso» puede ser inoportuno. 

Tal vez, Santísimo Padre, usted ya conozca los términos del conflicto, del que monseñor Dell’Acqua está informado: ¡yo mismo le escribí sobre el asunto largo y tendido a Su Santidad Pío XII el 10 de mayo de 1958, fiesta de San Antonino, arzobispo de Florencia! ¡Aquella carta refleja fielmente, por adelantado, la situación actual!

Operarios con veinte, quince, diez años trabajados, ¡despedidos con una simple carta certificada, salpicada de términos burocráticos y que acaba con «distinguidos saludos»!

¿Que falta trabajo? ¡No quieren trabajo! Esta es la cruda verdad. ¿La prueba? Pues que entonces, ¿por qué no aceptan la propuesta de «suspender» a los operarios (y no despedirlos) en espera de que lleguen los pedidos del Gobierno? ¿Que falta trabajo? ¿Y entonces por qué no debatir sobre ello, mirarlo juntos, buscar juntos ese trabajo que (como ellos dicen) falta?

No, no falta trabajo: no se quiere trabajo, falta la voluntad de encontrar y aceptar trabajo. Sólo hay ganas de despedir: ahora a 500, mañana a otros 500, luego a otros 500, hasta reducir la Galileo a una pequeña planta en la que haya nada más 900 operarios, todos ellos ‒posiblemente‒ afiliados a la CISNAL. 

Esta es la sustancia y la finalidad de la operación Galileo.

Santísimo Padre, el fondo político lo explica todo: el ingeniero Sperti formaba parte de las brigadas fascistas y participó en la República de Saló; más tarde se convirtió en un gran amigo de los comunistas y les entregó la Galileo a los comunistas (ampliamente financiados). Luego, poco a poco, comenzó la «purga». Y ahora quiere completar la operación hasta el fondo: ¡haciendo pasar hambre a los operarios! 

Son «samaritanos», eso es todo: ¡la parábola evangélica vista al revés! Y pensar que se está asestando un golpe a traición: ¡porque se está rematando a un herido que ya es casi un muerto!

Santísimo Padre, qué dolorosa luz adoptan estas cosas vistas a la luz severa del Evangelio: ¡in lumine tuo videbimus lumen! 

Sobre estas cosas dolorosas –que captan el interés de la parte más atenta y más fina, espiritualmente, de la ciudad, y sobre las que el cardenal-arzobispo ha imprimido su sello de gracia y justicia‒ he escrito no pocas cartas: a Fanfani (que comprende su valor y su significado profundo, cristiano, humano y político); al arzobispo coadjutor (al que los industriales –como el ingeniero Sperti‒ no han dejado de presentar «su» visión) y a tantos otros (también le he enviado tres cartas a Cini, ¡que se atrinchera detrás de las «leyes económicas» y de sus «deberes» como administrador! Cabe notar que la SADE, que desmantela la Galileo, compró en Florencia –hace muchos meses, en 1957, creo, o por ahí‒ dos grandes hoteles de lujo de la ciudad: el Grand Hotel y el Excelsior).

Santísimo Padre, me he vuelto a leer una vez más la Quadragesimo anno (toda, en especial el número 41 y siguientes) y el mensaje radiofónico de 1941 de Pío XII: qué cosas ha dicho la Iglesia, y todavía hoy, esas cosas siguen siendo realmente el grito aterrador de los operarios oprimidos. Una carta de despido sin control y sin causa, mandada por un grupo de financieros: este es el destino de sufrimiento del pobre. ¡Un destino que recuerda el «vae vobis» del Evangelio de san Lucas y el grito doloroso de la carta de Santiago!

Todo esto hoy, en 1959. Quince años después del final de la guerra, diez años después (e incluso más) de la Constitución, cuando nuestro partido, el de los cristianos, tiene la mayoría y está al mando de la nación.

¡«Defensa del desorden constituido», como escribía con amargura don Milani!

Santísimo Padre, observe los últimos acontecimientos italianos: se priva a 200.000 peones de su trabajo (mediante una sentencia del Tribunal Constitucional a decir verdad técnicamente errónea) y se despide a operarios sin control en Florencia y en muchas otras partes de Italia.

El problema del trabajo –que representa, junto con la oración, los cimientos de roca de la persona, de la familia y de la sociedad entera‒ se replantea con dramática urgencia en el orden del día de la nación italiana.

Fanfani es el único hombre –en cierto sentido‒ que es consciente de ello. Pero, ¿qué va a hacer en la situación de crisis en la que se encuentra?

Y sin embargo el problema es grave y urgente: porque afecta a la raíz misma –en cierto sentido‒ de un apostolado auténtico y dirigido a hacer que converjan hacia la Iglesia del Señor la mirada y la esperanza de «los que están lejos», es decir, de masas enteras de operarios que desean regresar a la Casa del Padre.

Santísimo Padre, ¿por qué le escribo estas cosas?

Para ponerle al corriente, como si fuera su hijo, de la crisis florentina; para justificar mi ausencia en la audiencia del sábado; ¡para pedirle que rece por nosotros y nos dé su bendición!

La Virgen nos ayudará, ciertamente: ¿acaso no es ‒¡como se ha manifestado!‒ la Madre de los pobres?

Perdónenos y bendíganos.

Con afecto filial, suyo en Cristo,

La Pira


22 de enero de 1959


¡Le adjunto cuatro cartas del patriarca Atenágoras, con el que mantengo relaciones desde hace varios años, además de una carta enviada a nuestros hermanos separados de Oriente y Occidente –patriarcas, arzobispos, obispos, etc.‒ en ocasión de la semana de oración por la unidad de la Iglesia! Quién sabe si esta semilla surtirá algún efecto: 1960 es el año de Fátima; la Virgen todo lo puede (¡es la Reina de las naciones!).

A propósito de la Conferencia de San Vicente de Paúl: deseo hacer llegar a su corazón –como ya hice con Su Santidad Pío XII‒ nuestra obra de «diálogo vicentino» con todos los monasterios de clausura del mundo con los que mantenemos una relación continua. Monseñor Dell’Acqua podrá informarle sobre las famosas «audiencias invisibles» que han repartido tanta gracia y tanto consuelo por los huertos virginales del Señor.

Y usted, Santísimo Padre, ¿nos concederá también una audiencia invisible este año, acaso el día de la festividad de San Vicente de Paúl (19 de julio), es decir, en el aniversario de la primera?

Si dice que sí se lo anunciaremos a todos los monasterios: ¡ el anuncio caerá en Pascua y preparará a través de la oración y con alegría este nuevo encuentro del vicario de Cristo con las esposas de Cristo!

Gracias.