Florencia y el Concilio

 

 

¡Nosotros no somos soñadores, no somos utopistas o visionarios, cuando decimos que los clarines de Palazzo Vecchio anuncian (como el ángel del Apocalipsis) que el demonio de la guerra está encadenado y que el ángel de la paz está ya en camino, por las calles de todos los continentes, para poner en práctica el reino pacífico y milenario del que hablan los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento!

No somos utopistas: somos los observadores atentos, realistas, de las señales esenciales de nuestro tiempo; ¡observadores que ven estas señales e interpretan este tiempo bajo la luz teologal de la fe, de la esperanza, del amor!

El mensaje de Florencia no es más que ese, se identifica con el de Pío XII y Juan XXIII: un mensaje que es acogido con creciente simpatía incluso por parte de los pueblos y de los líderes políticos más responsables y comprometidos de nuestro tiempo; líderes del Este y del Oeste, del Norte y del Sur; un mensaje que tiene mucha resonancia entre los pueblos nuevos, como se dice, de África y de Asia. 

Este mensaje –en relación con el concilio‒ se puede articular así:

 

I

Nosotros creemos (es nuestra «hipótesis de trabajo») en la llegada de una época histórica caracterizada por la unidad y la paz (y, por lo tanto, por el «florecimiento») de todos los pueblos y naciones de la tierra: esto es, en la transcripción histórica del anuncio de esperanza sobrenatural e histórica dado –hace tiempo‒ por los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento (desde Isaías hasta san Pablo o san Juan). Creemos, haciendo nuestro el mensaje de Pío XII y de Juan XXIII, que esta época (a pesar de todo) ya ha comenzado, ¡y que madurará a lo largo de un «verano histórico» nunca visto por el género humano!

[…]

 

II

Este mensaje –«hipótesis de trabajo» que rige nuestra acción‒ Florencia lo ha anunciado y lo ha experimentado no sólo en el Salone dei Cinquecento (mediante reuniones, coloquios, hermanamientos, etc.), sino que también lo ha anunciado y experimentado en los «puntos» más altos y sensibles de la historia presente del mundo: en Jerusalén y en Belén; en el palacio real de Rabat y en el de Amman; en el palacio presidencial de El Cairo y en el de Tel Aviv; en París y en Constantinopla y también en el «punto» en cierta manera más «movido» y más «sensible» de la historia presente del mundo: ¡en el Kremlin!

En todas partes este mensaje ha sido acogido con respeto y simpatía, un soplo de eficaz esperanza ha pasado siempre por todos los lugares en los que se ha levantado este estandarte: el estandarte de Florencia (lirio rojo sobre fondo blanco) que lleva el lema de Abraham y de san Pablo: ¡spes contra spem!

¿Esta esperanza ha florecido? Responden los hechos: ¡el último de ellos es la paz en Argelia!

 

III

Bajo la luz de este mensaje –de esta afortunada «hipótesis de trabajo»‒ nosotros vemos en Florencia (conformemente a lo que ha afirmado Juan XXIII y a lo que han dicho el Episcopado y los teólogos más comprometidos de nuestro tiempo, por lo demás) la naturaleza y el objetivo último de este acontecimiento histórico que constituye el Concilio Ecuménico Vaticano II. 

¿Qué es? La «señal» más visible de la nueva época histórica; de la nueva «plenitud de los tiempos»; del nuevo Pentecostés; ¡de la estación histórica primaveral (que prepara al gran verano histórico) en la que el Padre Celeste ha hecho que entre ya la historia de la Iglesia y del mundo!

Los árboles de la historia han florecido, se acerca el verano: ¡levate capita vestra! (como dijo Juan XXIII en el discurso del 1 de septiembre, «introductorio» al concilio).

El concilio de la era «espacial», el concilio –en su inspiración de fondo‒ de la unidad y la paz de la Iglesia y del mundo.

El concilio que Jesús «vio» cuando dijo (en la oración final al Padre): que la Iglesia sea una a fin de que el mundo esté «iluminado» y sea uno (... Unum sint ut cognoscat mundus ...). 

[...]

 

IV 

Bajo la luz de este mensaje (y de esta «hipótesis de trabajo») nosotros vemos la conexión, ideal y en cierto sentido orgánico, entre el Concilio Ecuménico Vaticano II y el Concilio de Florencia de 1439, que fue precisamente (aparte de los resultados inmediatos) el concilio de la unidad y la paz de las dos partes igualmente esenciales del cuerpo de la Iglesia y de las naciones: ¡la de Oriente y la de Occidente!

Esta continuidad histórica e ideal es evidente: no sólo por el hecho de que estos dos objetivos de unidad y paz de la Iglesia y de las naciones siempre han constituido y cada vez más constituyen los motivos que inspiran toda la acción de Juan XXIII (caracterizan la vocación y la misión de su pontificado); sino también por el hecho de que el problema de fondo de nuestra época es precisamente este: ¡reunir a las dos partes del único cayado de Ezequiel y edificar así la paz y la unidad de toda la tierra!

 

V

Estos son los puntos esenciales en los que se articula el mensaje de Florencia respecto a esta milenaria época de la historia del mundo y en relación con el Concilio Ecuménico Vaticano II (continuación ideal e histórica del que se celebró en Florencia en 1439): un concilio que es la «señal» en cierta manera más marcada de esta estación histórica y una de las herramientas de edificación en cierta manera más eficaces. 

Por eso Florencia ha dado y da un relieve público y acentuado a estos actos relacionados con el concilio: porque se trata de un acontecimiento que toca profundamente la historia no sólo de la Iglesia y de la cristiandad sino la historia del mundo en su totalidad; y que toca también, profundamente, la historia, la vocación y la misión de gracia, de paz, de unidad y de belleza que el Señor ha reservado a Florencia: «alegrar a la tierra entera» (¡como dice el salmo respecto a Jerusalén!).

Por eso le hemos enviado la fotocopia de la «bula de unión» de 1439 a todos los padres conciliares y a todos los líderes espirituales y políticos del mundo; por eso hemos tomado la iniciativa de promover estas «meditaciones» al más alto nivel teológico sobre el «sentido de la historia» y, por consiguiente, sobre las amplias perspectivas históricas en las que se sitúa ente concilio idealmente conectado con el florentino. 

Y por eso estos actos «introductorios» se concluirán en cierto modo (en su primera fase) con el mensaje de paz que el África negra, a través del presidente de Senegal, Senghor, enviará el 4 de octubre (día de san Francisco) desde Palazzo Vecchio a todos los pueblos de la tierra: un mensaje que se sitúa a su vez en el gran contraste histórico de la época presente y del concilio y con el que, en cierta manera, se da inicio a ésta «formalmente» para esperanza del mundo entero.