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El primer Coloquio Mediterraneo

 


La Pira definió como «dramática» la evolución del I Coloquio Mediterráneo. Eran dos las graves crisis que estaban teniendo lugar por aquel entonces: la palestina y la argelina. Los problemas empezaron cuando en el Salón de los Quinientos de Palazzo Vecchio entraron los representantes del Gobierno provisional argelino, formado desde hacía apenas un mes, y la delegación francesa ‒incluido el teólogo Jean Daniélou‒ se retiró. Todo ello, por si fuera poco, sucedió sin que estuviera presente Giorgio La Pira, que se había encontrado mal tras la jornada inaugural durante la misa celebrada en Santa Croce.

El coloquio prosiguió de todas maneras, pero todos los nudos críticos de la situación mediterránea fueron abordados sin la positividad dialéctica y realista que la delegación francesa habría podido aportar. Louis Massignon sintetizó así el clima del coloquio: «Hemos visto que las razones espirituales nos unen y los problemas materiales nos separan».

En el discurso de apertura, pronunciado antes de pasar la presidencia al príncipe heredero de Marruecos, La Pira afirma la necesidad de redescubrir «la vocación y la misión históricas comunes y, por así decir, permanentes que la Providencia asignó en el pasado, asigna en el presente y, en un cierto sentido, asignará en el futuro (si le seguimos siendo fieles) a los pueblos y a las naciones que viven en las orillas de este misterioso lago de Tiberíades ampliado que es el Mediterráneo. Esta vocación o misión histórica común consiste en el hecho de que nuestros pueblos y naciones son portadores de una civilización que, gracias a la incorruptibilidad y la universalidad de sus componentes esenciales, constituye un mensaje de verdad, orden y bien, válido para todos los tiempos, todos los pueblos y todas las naciones»

 

Discurso de apertura del I Coloquio Mediterráneo

( 3 de octubre de 1958 )


[...] Cooperar para la construcción de la paz en el Mediterráneo y en el mundo: pero, ¿cómo? Para resolver este problema hace falta una cosa: situar este coloquio en el amplio marco y en la amplia perspectiva de la crisis histórica actual; una crisis que, como sabemos, concierne a la historia humana en todas sus dimensiones, tanto horizontales como verticales.

Le concierne en toda su longitud y a través de la generación de los nuevos pueblos y naciones que están en primera línea de la historia actual, lo que determina inmensos desplazamientos en los equilibrios y en las orientaciones esenciales de la dinámica histórica. 

Le concierne en toda su altura, porque toca los elementos profundos de la concepción del hombre, de Dios y del mundo, y lleva a cabo mutaciones, cambios o inversiones verdaderamente espantosos en la escala de valores y respecto a los mismos, este eje en torno al cual se construyen y nacen la solidez o la debilidad de las estructuras esenciales de la vida de los individuos y de los pueblos. Le concierne en toda su longitud porque se trata de una crisis que no se limita a un espacio reducido de la tierra o a un grupo de civilizaciones: es una crisis que concierne tendencialmente al mundo entero, a todos los pueblos, las naciones y las civilizaciones que aportan un contenido o un valor a la vida de los hombres.

¡Pues bien! Visto desde esta perspectiva de crisis, ¿qué significado adquiere nuestro coloquio?

La respuesta, a mi parecer, es posible si se considera la vocación y la misión históricas comunes y, por así decir, permanentes que la Providencia asignó en el pasado, asigna en el presente y, en un cierto sentido, asignará en el futuro (si le seguimos siendo fieles) a los pueblos y a las naciones que viven en las orillas de este misterioso lago de Tiberíades ampliado que es el Mediterráneo. 

Esta vocación o misión histórica común consiste en que nuestros pueblos y nuestras naciones son portadores de una civilización que, gracias a la incorruptibilidad y la universalidad de sus componentes esenciales, constituye un mensaje de verdad, orden y bien, válido para todos los tiempos, todos los pueblos y todas las naciones.

Los elementos esenciales que hacen esta civilización –de la que son portadores nuestros pueblos y naciones mediterráneas de Europa, África y Asia– estructuralmente incorruptible son tres, como detectó acertadamente P. Valéry:

1) El componente religioso de la revelación divina que tiene en Abraham –patriarca de los creyentes‒ su raíz común y sobrenatural. El Pacto de Alianza con el Dios Viviente –con el Dios de Abraham, de Isaac, de Ismael y de Jacob‒ constituye la génesis, el punto de orientación, el eje estructural y de desarrollo del pueblo, de la nación y de las civilizaciones cristianas. 

El Templo, la catedral y la mezquita, constituyen precisamente el eje en torno al cual se construyen los pueblos, las naciones y las civilizaciones que recubren el espacio de Abraham en su totalidad.

2) El componente metafísico elaborado por los antiguos griegos y los árabes: a éste debemos la inmensa riqueza de ideas que sostienen una visión ordenada, esencialmente metafísica y teológica del mundo, y que constituyen intelectual y artísticamente la belleza misma de la civilización de la que nuestros pueblos y naciones son portadores.

3) El componente jurídico y político elaborado por los antiguos romanos. A éste debemos la estructuración de un orden jurídico y político cuyos mayores elementos constituyen el tejido esencial en el que se articula todo orden social y humano auténtico.

¡Pues bien! La incorruptibilidad y la universalidad de estos tres componentes de la civilización de la que nuestros pueblos y naciones son los depositarios y más auténticos portadores, hacen que esta civilización esté en condiciones de atravesar los siglos y las generaciones sin temor a cambios definitivos y rupturas en su esencia. Como todos los organismos vivos, es capaz de integrar y ordenar en sí misma –ofreciéndoles espacio y valor‒ los elementos de crecimiento que la historia le presenta gradualmente, elementos técnicos, económicos, sociales, culturales y políticos.

Gracias a su vitalidad, a su capacidad de adaptación a todos los lugares y culturas, constituye un mensaje siempre válido al servicio de todos los pueblos, naciones y civilizaciones de la tierra.

¿Cómo responder fielmente a esta suprema vocación común?

La respuesta es evidente: la paz, la amistad, la solidaridad recíprocas entre estos pueblos y naciones. La paz, la amistad y la solidaridad entre Israel e Ismael; la paz, la amistad y la solidaridad entre los pueblos antes colonizados y los que fueron colonizadores; la paz, la amistad y la solidaridad entre todas las naciones cristianas, árabes y la nación de Israel.

Esta paz del Mediterráneo será además como el inicio y el fundamento de la paz entre todas las naciones del mundo. Cuando haya paz en el Mediterráneo y entre todas las naciones, entonces podremos recordar con alegría los mensajes divinos de paz que han resonado en estas mismas orillas.