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Cartas a la monjas de clausura - El Concilio, nuevo Pentecostés

 

 


Reverenda Madre:

¡Este concilio! ¿Lo ve? Cada día el Señor hace que converjan mi corazón y mi mente alrededor de este «acontecimiento» tan fundamental, tan central, de la historia próxima y lejana de la Iglesia y del mundo.

No se exagera ‒¡el Santo Padre no exageró!‒ al decir que se trata de un acontecimiento comparable al Pentecostés: un nuevo Pentecostés; una nueva efusión del Espíritu Santo, ¡destinada –como la primera‒ a tener repercusiones inmensas sobre la totalidad del curso futuro de la historia de la Iglesia y de las naciones!

Precisamente pensaba esta mañana: ¿cómo tenemos que prepararnos para este acontecimiento? Como se preparaban los apóstoles: con la oración ferviente, de espera, de esperanza: ¡con María!

¿No es cierto?

Reverenda Madre, en estos dos meses que faltan todavía para la apertura del concilio, tratemos de hacer que converjan hacia él, cada día (y cada hora del día) nuestra «atención» interior y nuestra oración ferviente; tratemos de polarizar hacia él todo el «capital» de mortificación y de sufrimiento que nos dispensa con generosidad el Señor; y tratemos de encauzar hacia él nuestras acciones; es decir, tratemos de allanar el terreno al concilio y al Espíritu Santo, que desea verter sobre la Iglesia y los pueblos Sus dones divinos de gracia, unidad, paz y elevación; ¡para introducir realmente a todos los pueblos en una época de primavera histórica y de verano histórico y para hacer que florezca así en todos los pueblos de todos los continentes (en Israel, en Ismael y en todas las gentes) un reino de gracia, paz, unidad, prosperidad, progreso y belleza!

Déjeme «soñar» un poco, Reverenda Madre, y permítame que le diga hasta el fondo cómo «pienso» y me «imagino» que será este concilio (si bien permaneciendo en el sólido terreno de la inmensa esperanza, en la que el Santo Padre lo ha concebido y cada vez más lo concibe).

¿Cómo «pienso» que será? ¿Cómo me lo «imagino»? Ante todo, como san Juan pensó y vio la Jerusalén mesiánica en el Apocalipsis (Apoc 21:10 ss.): la ciudad de doce puertas –siempre abiertas (21:25)‒ sobre las cuales están inscritos los nombres de las doces tribus de Israel (21:13); la ciudad construida encima de doce piedras sobre las que están escritos los nombres de los doce apóstoles del Cordero (21:14).

Y hacia esta preciada ciudad –que desciende del cielo, de Dios, y que tiene Su gloria (21:10); que resplandece como una piedra preciosísima, como jade, como cristal (21:11)‒ se dirigen todos los pueblos y naciones de la tierra: «La luz de esta ciudad alumbrará el destino de los pueblos, y los reyes del mundo vendrán a rendirle homenaje […] y le llevarán como ofrenda el poderío y la riqueza de los pueblos» (Apoc 21:24-26).

Reverenda Madre, ¡qué visión! Remite ‒perfeccionándola‒ a la de Isaías: «¡Álzate radiante [Jerusalén], que llega tu luz, la gloria del Señor clarea sobre ti! [...] Los pueblos caminarán a tu luz, los reyes al resplandor de tu alborada» (60:1 ss.).

¿Un sueño? ¿Una utopía? No, una visión profética de san Juan e Isaías. 

 Reverenda Madre, ¿queremos ver su transcripción histórica, hoy? Piense en el concilio: ¿no lo ve? Una ciudad que tiene doce puertas abiertas en todas las direcciones del mundo: tres al Este, dos al Norte, tres al Sur y tres al Oeste (21:13); una ciudad fundada sobre los doce patriarcas y los doce apóstoles (21:12; 14); una ciudad hacia la que se dirigen idealmente (de manera consciente o inconsciente) los pueblos de toda la tierra (¡Israel y las naciones!).

¿Soñamos? ¿Exageramos? No: observamos la realidad histórica, tratando de intuir sus movimientos profundos, las primeras y primordiales orientaciones que la mueven hacia un puerto predeterminado; es decir, ¡que mueven –a pesar de todo‒ la atención y el deseo de los pueblos –y de sus «reyes» hacia esta ciudad sobre el monte (el concilio) de la que se esperan (de manera consciente o inconsciente) un don de luz, de gracia y de paz!

Esto es, Reverenda Madre, el concilio: la «figura» de la Jerusalén mesiánica, la ciudad tan alta, llena de esplendores divinos y humanos, hacia la que el Espíritu Santo hace que converjan la esperanza y la espera de las personas!

Piense, Reverenda Madre: asistirán los obispos (es decir, las Iglesias, o lo que es lo mismo los pueblos, las naciones y las civilizaciones) de todos los continentes (por primera vez, en un cierto sentido, en la historia de la Iglesia y de los concilios); asistirán los «observadores» (partícipes a su vez del mismo misterio de Cristo) de las Iglesias separadas de Oriente y Occidente; asistirán (como se dice) los «observadores» de Israel (qué significado misterioso, profético, no va a tener esta presencia: recordemos la epístola de san Pablo a los romanos); quién sabe, tal vez también los «observadores» de Ismael; y, aunque de lejos (desde sus países), ¡los «observadores» de todas las naciones!

Y hacia esa cumbre, hacia ese punto luminoso del mundo, ¡se polarizará la atención amorosa y la esperanza viva del mundo entero.

Reverenda Madre, ¿se exagera cuando se dice –como hace el Santo Padre‒ que se tratará de un nuevo Pentecostés? Es decir, ¿que se tratará de una nueva lámpara (en un cierto sentido) que el Espíritu Santo encenderá en la tierra para alumbrar a todas las gentes (... quod parasti ante faciem omnium populorum, lumen ad illuminationem gentium et gloriam plebis tuae Israel: Lc 2:31 ss.)?

No se exagera, Reverenda Madre: no se hace más que observar, en sus profundidades misteriosas y sagradas, la realidad histórica actual; mirándola en movimiento, en perspectiva, orientada hacia el futuro, como los profetas del Antiguo Testamento, como hacen el Señor (levate oculos vestros et videte: san Juan), la Iglesia, los pontífices (Pío XI, Pío XII, Juan XXIII), la más atenta teología de la historia.

Piense, Reverenda Madre, en el significado prospectivo, profético que (por primera vez –en un cierto sentido‒ en la historia de la Iglesia y de los concilios) este concilio ya demuestra tan claramente.

Un concilio por primera vez «abierto» al cosmos (a los inmensos espacios celestes que la ciencia y la técnica ‒¡obedeciendo a una orden de Dios!‒ han abierto al crecimiento espiritual y cívico de los pueblos); un concilio (por primera vez, ¡qué acontecimiento!) «abierto» en la dirección «profética» paulina, de Israel (y de Ismael); «abierto» hacia todos los espacios (¡tan amplios!) ocupados por los pueblos y las naciones de todos los continentes, que en estos años han subido –como se dice– al «proscenio» de la historia y están destinados a convertirse, de una cierta manera, ¡en los actores más vivos de la historia presente y futura de la Iglesia y del mundo!

Un concilio «abierto» –para separar el grano de la paja‒ a todas y cada una de las corrientes de pensamiento «social» (en el sentido más amplio del término) más activas, que atraviesan los pueblos de toda la tierra y que tienen y tendrán una influencia tan decisiva para la edificación –desde la justicia, la esperanza, el progreso y la libertad‒ de una ciencia, una cultura, una economía y una sociedad nuevas (pensemos en la encíclica Mater et Magistra que prepara, en un cierto modo, e introduce al concilio).

Reverenda Madre, ¡todavía no alcanzamos a «pensar», a darnos cuenta lo suficiente de las desmesuradas «dimensiones» sobrenaturales e históricas que reserva el Señor a este concilio!

Polaricemos las oraciones, los sufrimientos y las esperanzas hacia él; porque hacia él se dirige con todo su amor la mirada creadora de Cristo y de María y la espera histórica de la Iglesia y de todas las gentes.

Rece mucho y haga que la Virgencita rece mucho por mí.

Suyo en Cristo, 

La Pira 


San Joaquín (16 de agosto) de 1962