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... anárquico, sujeto solamente a Dios

 

 

27 de noviembre de 1953, una de la noche

(a 10 años de la muerte de don Moresco)

 

 

Mi muy querido Amintore:

Es más de medianoche, no me entra sueño, y siento la necesidad de contestar enseguida a algunos puntos esenciales de tu carta de hoy.

Ante todo, querido Amintore, lo ves: yo no soy un «alcalde»; así como no he sido un «diputado» o un «subsecretario». Nunca he querido ser ni alcalde ni diputado ni subsecretario ni ministro (¿te acuerdas de la oferta de De Gasperi?).

En cuanto a lo de «alcalde», me parece que mi telegrama de hace unos quince días habla claro.

Y la razón de todo esto es muy clara: mi vocación es solamente una, diría que estructural: aun con todas las deficiencias y las indignidades que se quiera, yo soy, por gracia del Señor, un testigo del Evangelio… Para que deis testimonio de mí (eritis mihi testes); mi vocación, la única, ¡no es más que esa!

Es preciso considerar bajo esta luz mi «extraña» actividad política: no hay que olvidar que durante los momentos más agudos y dolorosos del fascismo fue esta vocación mía de «testimonio de Cristo» la que me llevó a estar en primera línea de la trinchera del más áspero de los combates. 

Y si luego, por necesidad, los católicos italianos me pusieron en primera línea de la vida política –¡obligándome!‒, esa vocación de testimonio fue, al menos como ideal, la única estrella que iluminó mi acción. Pasemos ahora al «sindicato»: imagínate si puedo renunciar yo a la verdad y a la justicia para servir a la letra de la ley. Y además: ¿qué ley? 

¿Mirar sin hacer nada las iniquidades que se esconden bajo los velos de la ley? Summum jus summa iniuria decían los antiguos romanos. Y santo Tomás: non est lex sed corruptio legis: ¡no es la ley sino la corrupción de la ley! ¿Observar a 2000 desahuciados sin intervenir de la manera que sea? Qué injusticias. Leyes que tienen un único destinatario: el desgraciado, el pobre, el débil; ¡para cargar sobre él otros pesos y opresiones (como la ley de los desahucios, promovida por DC)!

¿Observar a 9000 desempleados sin intervenir de la manera que sea? ¿Sin estimular, por caminos rectos y por caminos torcidos, a un Gobierno apático, que casi ignora el drama cotidiano del pan de 9000 desempleados? No hay dinero: qué fórmula más hipócrita y falsa. ¡No hay dinero para los pobres, esa es la fórmula completa y verdadera! Somos un país pobre: otra fórmula hipócrita. ¡Somos un país pobre para los pobres, es la fórmula verdadera!

¿Observar cómo tienen lugar 2000 despidos (y 2000 en potencia) consolándome con las exigencias de la «coyuntura económica» y de no «inflamar a los comunistas»?

¡Yo me quedo anonadado cuando pienso en estas cosas! Pero vamos a ver: 2000 despidos ilegítimos, nulos jurídicamente; una empresa enorme y famosa cerrada ilegítimamente; un colosal arbitrio económico, jurídico, político y social. Se grita, se lanza la alarma, se dice que aquí la vileza ha llegado al límite de lo intolerable; que Dios mismo se vengará de esta injusticia que no tiene nombre; y luego un «alcalde» que se preocupa por estas cosas –y qué es por lo que tiene que preocuparse: ¡sólo por las fanfarrias!‒ ha de vivir (como vivo yo desde hace unos meses) al margen de la ley, denunciado por delitos, preparado para traspasar (y no retóricamente) las puertas de la cárcel. 

Te parecerá inverosímil, pero justo hoy le decía a mi secretaría: ¡si me pasara algo (detención, arresto, etc.) haced esto y lo otro! Y no lo decía en broma, sino con amargura en el corazón. Sólo me daba consuelo el salmo que Gregorio VII mandó escribir sobre su tumba en Salerno (en el exilio): dilexi justitiam, odivi iniquitatem, propterea morior in exilio

Cuando lo vuelvo a pensar me quedo realmente anonadado: ¿es posible todo esto? ¿Sueño o realidad? Realidad: en este país nuestro, después de diez años de «reino» político bajo el signo de DC hemos llegado al punto (al menos para mí) de tener que temer las mismas iniquidades que se temían en tiempos del fascismo. Entre los poderosos y los débiles se elige a los poderosos: entre poquísimos industriales (unos veinte) y millones de trabajadores, se elige a los poquísimos industriales; veinte hombres ricos, tal vez corruptos y en cualquier caso corruptores (porque tienen en sus manos a la prensa y se sirven de ella para fines de una injusticia más que manifiesta), mandan en el Gobierno, en el Parlamento, en el país. ¡Y lo consiguen hasta el punto de enfriar una amistad misteriosamente consolidada por el mismo Dios!

Un poder realmente demoniaco: sólo las palabras del Señor dedicadas a los ricos y las riquezas arroja luz sobre este misterio de injusticia y poder. ¡Pecuniae omnia deserviunt!

Así que no me digas, querido Amintore, lo de tú eres alcalde, etc. Yo no soy «alcalde». Tú sabes que he puesto en manos del Gobierno mi mandato. No quiero serlo, si ello significa decir que lo blanco es negro y lo negro blanco. No digas que hay que ser prudentes, etc. En la vida llega un momento en que gritar es el único deber: ¡como san Juan en el desierto!

¿Temor de qué? Cuando la humillación y la ofensa de los débiles alcanza un grado como el que ha alcanzado en este caso, no queda más que la indignación, atrevida, generosa y orgullosa, para salvaguardar la personalidad humana del débil, ¡tan ofendida y despreciada! Mihi fecistis. El Evangelio tiene páginas de incomparable grandeza al respecto, porque cada beatitud está acompañada de dolorosas invectivas: vae vobis (¡ay de vosotros!).

Lo ves, en estas condiciones no conviene tener un «alcalde» rebelde como yo, por eso nunca he querido ser un miembro afiliado del partido; por eso me gustaría no tener nunca más «responsabilidades» oficiales. Mi vocación es sólo una, estructural, irrenunciable, inmutable, que no se puede traicionar: ser testimonio de Cristo, ¡por muy pobre e infiel que yo sea!

Puedes decirle estas cosas a quien sea necesario y útil que las sepa. Me pueden arrestar, pero yo nunca traicionaré a los pobres, a los indefensos, a los oprimidos: no añadiré el olvido y el desinterés de los cristianos al desprecio con que son tratados por los poderosos.

Por eso te digo fraternalmente: dejad que me vaya, es mejor para todos. 

A estas alturas mi situación está oficialmente «despedazada», no se puede recuperar. Me siento libre, sin el freno de la «prudencia» política. En estas condiciones, ¡es mejor para todos que tenga lugar una aclaración y una liberación!

Querido Amintore, ¿me he explicado? Tú como ministro del Interior no me infundes miedo alguno, ni tampoco (perdona que te lo diga) un respeto especial: a mis ojos «la autoridad» es sólo como una tutora del oprimido contra el poderoso. 

Si te quiero y te soy fiel, y mucho, es sólo por una razón: porque sé que Dios ha depositado en tu alma una inteligencia y una fuerza de voluntad hechas para instaurar en el mundo un «coloquio con los pobres».

De vez en cuando te acuerdas de que eres también ministro del Interior. Pero es justo entonces cuando yo me siento distanciado: retomo mi libertad total, mi «permanente franquía» de hombre que nunca ha pedido estar donde está, ¡y me siento libre, «anárquico», sujeto solamente a Dios!

¿Alcalde? ¡Ni de casualidad! ¿Prefectos, ministros, etc.? ¡No cuentan para nada si su posición contrasta con los ideales a los que puedo dedicar mi energía y mi vida interior, sólo a ellos!

Querido Amintore, si no estuvieras tú en este Gobierno el conflicto de la Pignone habría ido mucho más allá de lo que ha ido. Se lo digo a todo el mundo: ¡mi punto débil es Fanfani!

Para concluir: no temas, en Florencia no ocurrirá nada desagradable para ti ni para mí. Lo único necesario es que el prefecto no se preocupe por el asunto, que no piense en ello. Mantengo yo los contactos básicos: la magistratura tiene sentido de la responsabilidad, sabe que el caso de Florencia es único y va con pies de plomo; y el tiempo corre a nuestro favor. 

Yo creo que debes hacer lo siguiente: encerrar en una habitación oscura, si es necesario, a Di Vittorio, Pastore y Costa para que tomen una decisión acerca de este injusto y doloroso conflicto. No hay otro camino. Y, mientras tanto, hay que hacer que se retome el trabajo que, por culpa de la empresa, ¡se ha visto disminuido y casi «suspendido» desde el pasado marzo!

Perdona por este desahogo tan vivo y sincero, pero no habría conciliado el sueño si no te hubiera escrito; si no te hubiera dicho que mi vocación no es ser alcalde o diputado u otra cosa, sino dar testimonio simple y duramente, si hace falta; ¡y que por eso a mis ojos la ley escrita sólo vale si no es una herramienta de opresión y de hambre!

Y estas cosas que te escribo prueban también el gran afecto que me une a ti, mayor cuanto más libre: ¡porque no obstaculiza –y lo has demostrado en estas circunstancias‒ esa libertad total de «movimiento» que es la única riqueza que poseo, la única alegría de la que disfruto, el único poder de que dispongo!

La libertad que Cristo me ha dado. Y en esta libertad radica el dulce y reconfortador canto de María: ¡Magnificat anima mea Dominum! 

Con afecto fraterno,

La Pira